Lisboa en tres días. El mejor descubrimiento de Portugal

Es una de las ciudades de moda en Europa, capital del fado, de la desembocadura del Tajo, de los antiguos descubrimientos que abrieron la mitad oriental del mundo al Viejo Continente y de la decadencia que ya no lo es tanto gracias a la rehabilitación de muchos de sus rincones. Lisboa es la punta de lanza de Portugal, un país en ebullición tras el ‘boom’ turístico de los últimos años, y tres días son perfectos para conocer sus múltiples caras que incluyen el encanto de la Baixa o del Chiado, la belleza de sus tranvías antiguos, la maravilla del Monasterio de los Jerónimos o el Oceanário, uno de los acuarios más grandes y completos del mundo.

PRIMER DÍA

Visitamos la capital portuguesa en la Semana Santa de 2013 y llegamos a ella en coche desde Sevilla, un cómodo trayecto de 4,5 horas a través del sur del país que culmina con la entrada por el Puente 25 de Abril al estuario del Tajo. Es una manera grandiosa de presentar Lisboa al turista, con esta estructura rojiza construida en 1962 que tanto recuerda a su primo lejano del Golden Gate de San Francisco. El ‘ponte’ sobrevuela el río y domina buena parte del paisaje lisboeta como omnipresente punto de referencia y una buena ayuda para la orientación.

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Nos alojamos en el ‘Sana Lisboa’, un hotel a un paso de la famosa plaza Marqués de Pombal, muy bien comunicado por metro y autobús pero sin demasiados servicios en los alrededores (aquí os dejo un enlace a Booking con 15 euros de descuento por si os animáis a reservar en este o en cualquier otro establecimiento). Apenas deshecha la maleta, desde la propia habitación, sus espectaculares vistas sobre la ciudad nos permitieron hacernos rápidamente una idea de la orografía y distribución de los barrios que queríamos visitar en los días siguientes.

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El hotel tenía parking y eso fue muy cómodo para olvidarse del coche y dedicarse a exprimir el transporte público o caminar aquella primera tarde, Avenida da Liberdade abajo, hacia la plaza de Rossio. Allí es donde se encuentra la bonita estación de ferrocarril del mismo nombre y la puerta de entrada natural a la Baixa, el área más elegante y cuidada de Lisboa.

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Al estar situada en un valle, fue la que resultó más dañada por el fatal terremoto de 1755 y su posterior tsunami. En aquella desgracia, archiconocida en España porque sus efectos llegaron a buena parte de la Península Ibérica, se perdieron miles de vidas humanas y hubo grandes daños materiales y patrimoniales, pero precisamente por eso una gran parte de la urbe tuvo que ser diseñada de nuevo, prácticamente desde cero.

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El temblor fue mortal para la ciudad vieja y dio paso a su replanteamiento con forma de cuadrícula perfecta. Hoy entre esas calles conviven hoteles de lujo, coquetas terrazas y tiendas típicas (cada vez más orientadas al turista) mientras el trazado urbano nos conduce poco a poco, siguiendo la suave pendiente, hasta la Praça do Comercio.

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Conocida entre los lugareños como ‘Terreiro do Paço’, el apodo hace referencia a que allí se levantaba el Palacio Real que resultó destruido por la fuerza de la naturaleza. Hoy es una enorme plaza que constituye el centro neurálgico de la orilla del Tajo. Presidida por la estatua ecuestre de José I, está habitualmente salpicada de turistas y al atardecer cuenta con unas vistas preciosas sobre el Puente 25 de Abril y sobre el río. Hoy está recién arreglada, pero lamentablemente en aquellos días unos enormes andamios para trabajos de restauración impedían apreciar la belleza de los edificios y unas nubes negrísimas anunciaban lluvia para esa misma noche, así que tuvimos que retirarnos a descansar de forma un tanto precipitada.

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Foto de Wikipedia (Gabrielle Zufetti)

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SEGUNDO DÍA

La jornada siguiente, con el cielo ya más despejado, la comenzamos yendo hasta el barrio de Belém, situado al oeste de la ciudad en dirección hacia el Atlántico y a bastante distancia del centro, alrededor de 6 kilómetros. La mejor manera para llegar desde la Baixa o alrededores es tomar el tranvía número 15, una de las líneas más modernas y rápidas de la ciudad que además garantiza evitarse atascos frente a la opción del autobús.

En Belém compiten por el estrellato los famosos pasteles del mismo nombre, la Torre, el Monumento a los Descubridores y el Monasterio de los Jerónimos, así que merece la pena dedicarle una mañana o una tarde a contemplar la zona sin prisas, porque todo está junto al Tajo e invita al paseo relajado.

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Los Jerónimos es el monumento gótico más importante de Portugal y una de las joyas de su categoría en toda Europa, construido según el estilo Manuelino que incorpora los primeros elementos del renacimiento. Se empezó a levantar en 1501 para conmemorar el regreso triunfal de Vasco de Gama tras su expedición a la India. Es espectacular desde el interior hasta el claustro, pasando por la iglesia de altísimas columnas y con un brillante despliegue de detalles donde están enterrados varios reyes de Portugal. La entrada cuesta 10 euros y es mejor comprarla con antelación (algunas páginas cobran un suplemento extra) para ahorrarse esperas en la taquilla.

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Formando tándem con la Torre de Belem, antigua estructura defensiva y para la vigilancia del tráfico marítimo, ambos constituyen los vestigios más importantes de la era dorada de los descubrimientos portugueses, cuando uno de los países más pequeños del Viejo Continente llegó a forjar un gigantesco imperio colonial basado en las especias que llegaba hasta el sudeste asiático tras bordear toda la silueta de África y habiendo sido los primeros en doblar el cabo de Buena Esperanza y en descubrir para los intereses comerciales occidentales el gran Océano Índico .

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Precisamente para completar el discurso de la vieja grandeza portuguesa se construyó en 1960 el Monumento a los Descubridores, que se asoma a las aguas del Tajo. En él están representadas las principales figuras de las glorias marítimas lusas, todas ellas mirando hacia el río del que partían aquellos aventureros con destino a los confines del mundo. La escultura tiene un pequeño museo en su parte baja  y se puede subir hasta su cima, desde la se obtiene una bonita panorámica tanto de los Jerónimos como del Tajo y de la torre de Belén.

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Mucho más prosaica pero siempre muy concurrida, la tienda donde elaboran los famosísimos ‘Pastéis’ remata el póker de ases turísticos del entorno. Está al lado del monasterio y no tiene pérdida porque suele haber muchedumbres a la puerta. Estos pastelitos de crema, o versiones muy parecidas todas ellas riquísimas, se venden en otros puntos de la ciudad pero así somos los turistas, siempre con un punto de inevitable borreguismo.

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Completada la ruta por Belén, volvimos a la zona centro tomando de nuevo el tranvía número 15. Tras reponer fuerzas con el típico y omnipresente Bacalhàu a Bras (bacalao a la brasa) en un restaurante de la Baixa, buscamos el Elevador de Santa Justa, el ascensor más famoso de Lisboa y una de sus fotos icónicas. Esta obra de principios del siglo XX salva un desnivel de 45 metros y une los barrios de la Baixa y el Chiado mediante una elegante torre metálica en estilo negótico a la que se une una pasarela. Hoy en día funciona más como una atracción turística que como un medio de desplazamiento para los residentes en la ciudad, que para subir a la parte alta prefieren otras alternativas menos masificadas y más baratas (cuesta 5 euros y hay largas colas) como los funiculares.

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En nuestro caso fueron las escaleras mecánicas del cercano, coqueto y bastante recomendable centro comercial Almacenes Chiado las que nos ayudaron a ascender al barrio de este mismo nombre, donde hay más ambiente local y se nota un poco menos la turistificación pese a que en los últimos años la presión sobre todo el centro está siendo enorme. En la puerta del café A Brasileira, toda una institución, nos topamos con la escultura del escritor Fernando Pessoa, donde se fotografían decenas de miles de visitantes y a la que la fiebre de Instagram está dejando más que pulida de tanto ser manoseada.

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Unos metros más allá, la plaza Luis de Camões, otro gran poeta luso, recupera en el suelo el empedrado portugués que alfombra toda la Baixa y que tanto recuerda a Oporto, la otra gran capital lusa con la que esta zona de Lisboa tiene más similitudes.

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Comenzaba a anochecer y volvimos sobre nuestros pasos para pasar junto al convento do Carmo, las ruinas de este antiguo monasterio que quedó seriamente dañado por el terremoto del siglo XVIII y en cuyo interior hay un museo que recuerda esta desgracia.

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Nosotros no entramos, pero aprovechamos como conclusión del día para asomarnos al mirador del Elevador de Santa Justa, que ofrece desde sus alturas una vista privilegiada a las calles que quedan a sus pies. Con la oscuridad ya echada encima, el dibujo urbano lucía todavía más.

TERCER DÍA

Nuestra última fecha en Lisboa volvió a amanecer muy feo, nublado y con viento, pero pese a ello nos decidimos a subir al Castillo de San Jorge, la gran fortaleza que domina la ciudad. Para ello utilizamos el tranvía número 28, uno de los de estilo antiguo que todavía funcionan en la red de transporte público y que se ha convertido en la línea turística por excelencia. 

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Con él rodeamos la Alfama, el viejo barrio árabe que ocupó la ladera en la que nació la Olissipo Romana, pasamos junto a la Catedral o Sé y tras un breve paseo (el tranvía deja cerca pero no llega hasta sus puertas) alcanzamos la gran fortaleza que domina toda la ciudad. Solo por las vistas merece la pena subir hasta allí.

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Fue una pena la oscuridad del día que no ayuda a apreciarlo en las fotos, pero queda a tiro de cañón toda la Baixa, se ve perfectamente la Praça do Comercio, por supuesto el río y el Puente 25 de Abril, y observando con detalle o haciendo zoom con la cámara aparecen justo enfrente el Elevador de Santa Justa o las ruinas del Carmo que vimos la tarde anterior.
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A la vista de que la meteorología nos lo estaba poniendo difícil, decidimos emplear la última tarde en una alternativa ‘indoor’ y optamos por ir al Oceanário, un maravilloso acuario que presume de ser el segundo más grande del mundo. Está situado en el moderno recinto donde se celebró la Exposición Universal de 1998 y la distancia hasta allí es muy larga, por lo que la forma más rápida y cómoda de llegar es coger la línea Roja del metro hasta la parada llamada ‘Oriente’.

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Es un plan perfecto para hacer con niños, pero cualquier adulto también la gozará en su interior conociendo especies de peces y mamíferos procedentes de todos los océanos, en recintos y gigantescas peceras climatizadas y adaptadas según sus condiciones naturales de vida, desde los trópicos hasta los hielos de los polos, y aprendiendo sobre la conservación de los mares del mundo y sus curiosísimos habitantes.

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La visita al Oceanário puede llevar un par de horas o tres y su entrada cuesta 16 euros por adulto y 11 euros por niño (precios de 2019). Recomiendo encarecidamente comprar las entradas de forma anticipada, porque se forman largas colas in situ.

Así acababa nuestra primera y por el momento única vez lisboeta. Evidentemente se nos quedaron muchas cosas en el tintero y, dada la cercanía a España, la amabilidad de sus gentes y las facilidades para visitarla, será seguro una cita que repetiremos. Por si fuera poco, se pueden hacer excursiones a media hora larga en coche como el espectacular Palacio da Pena en Sintra, la curiosa Quinta Regaleira, Cascais o Estoril que añaden más atractivos si cabe a la preciosa capital portuguesa.

Hasta pronto! Até breve!

 

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