Cabo Cañaveral: el show de la NASA

Todo el mundo sabe que cuando un astronauta tiene un problema llama a Houston. Lo que no es tan conocido es que muchas de las misiones espaciales comandadas por los Estados Unidos realmente despegan desde Cabo Cañaveral, en la costa oriental de Florida, y allí es donde la Agencia Espacial Norteamericana (NASA para los amigos) construyó en los años 90 el Kennedy Space Center Visitors Complex, una suerte de parque temático que está situado junto a las plataformas de lanzamiento y los centros de trabajo que fueron creados tres décadas antes.

Visitamos el KSC en octubre de 2016 dentro de nuestra ruta por Florida, yendo y viniendo en el mismo día desde Orlando. No existe transporte público, así que hay que llevar coche propio. Se tarda algo menos de una hora y algunos tramos son de peaje, por lo que es conveniente llevar el Sunpass, un sistema similar al de Via-T que te evita parar en las cabinas de pago.

El coste de la entrada son 57 dólares (precio de 2019), pero es una actividad que conlleva un día entero y que no tiene parangón en ningún lugar del mundo. Si estás mínimamente interesado en la historia de la carrera espacial, en la tecnología o en la aeronáutica, es una excursión perfecta para realizar desde Orlando (desde Miami está a tres horas de distancia).

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Como se aprecia en el plano, el complejo tiene un tamaño considerable. Es imposible verlo todo en una sola jornada y las ‘atracciones’ (que no son montañas rusas, ojo) están distribuidas en varios edificios, por lo que hay que planificar lo que se quiere ver. En su página web ofrecen consejos sobre cómo organizar el día. Los imprescindibles son el Centro Apolo/Saturno (al que solo se puede llegar en autobuses fletados por el parque que también recorren las bases de lanzamiento) y el Centro Atlantis sobre la Estación Espacial Internacional. Solo ver ambas cosas ya te llevará entre 3 y 4 horas y calcula que necesitarás otra para comer y dar una vuelta por las tiendas…

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Se pueden reservar entradas con antelación pero no suele haber problemas de cola, así que las taquillas funcionan con rapidez. Nada más entrar, al visitante le recibe el espectacular Rocket Garden, donde están colocados como si fuera un museo al aire libre algunos de los cohetes de lanzamiento más famosos de la historia (hay visitas guiadas a determinados horarios, pero siempre en inglés, y solo en inglés).

En la fecha de nuestra visita estaba abierta una actividad temporal que, mediante gafas de realidad virtual, recreaba un paseo por Marte y en eso empleamos nuestra primera hora. Fue interesante y divertido, pero la experiencia con las gafas no estaba demasiado bien lograda. A día de hoy ya no existe. Actualmente, fuera del precio de la entrada hay múltiples actividades como la del Astronaut Training Experience, que puede extenderse hasta las 4 o 5 horas y por la que cobran hasta 175 euros (hay modalidades más cortas a partir de 30 o 40).

Tras el paseo virtual marciano, nos dirigimos a coger el autobús que llega hasta el Centro Apolo/Saturno. Hasta llegar a ese gigantesco edificio recorres unos cuantos kilómetros por el Cabo Cañaveral, pasando junto a diversas plataformas de lanzamiento y grandes moles donde todavía trabajan los ingenieros de la NASA. Pero al turista solo le dejan entrar en sus espacios especialmente habilitados, donde se cuenta la historia de la gesta de llevar al primer hombre a la Luna.

Todo es muy americano, espectacularizado, con tintes patrióticos, desde el discurso de Kennedy y su famoso “We choose to go to the Moon” hasta los problemas que debieron superar, los miedos a los que se enfrentaban por el riesgo de fracaso o la competitividad con la URSS que hasta ese histórico 1969 ostentaba el liderazgo de la carrera especial tras sus éxitos con el Sputnik (primer objeto puesto en órbita), la perrita Laika (primer ser vivo en el espacio) y Yuri Gagarin (primer cosmonauta).

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Entonces, en las postrimerías de los años 60, llegaron Neil Armstrong y sus chicos, dieron ese pequeño paso para el hombre que era un gran salto para la Humanidad y lo cambiaron todo. Ahora nosotros podemos recordar lo que se se vivía en los momentos críticos dentro de un centro de control, rodeados de cientos de botones y de paneles instrumentales que controlan los lanzamientos o ver, bajo techo, el gigantesco cohete Saturno y el pequeño módulo lunar Apolo en sus distintas versiones (la que llegó primero a la Luna fue el Apolo 11).

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Lo más impresionante es el enorme tamaño de los componentes y de los motores, mucho más grandes que los de cualquier avión comercial. A su alrededor hay trajes de astronauta, partes de las naves en las que viajaban aquellos héroes, todo tipo de explicaciones más o menos técnicas sobre cualquier aspecto de las misiones e incluso se puede tocar un trozo de roca lunar, que se siente como una piedra suave y blandita de color más bien marrón.

Acabado el tour por el Centro Saturno/Apolo, y tras tomar el autobús de regreso al centro de visitantes, accedimos al Atlantis, donde se muestran los entresijos del Transbordador Espacial, otro de los hitos en la exploración del cosmos porque permitió que estas naves gigantescas pudieran ir y volver al espacio, aterrizando como si de un avión se tratase, de forma que podían ser reutilizadas.

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Es impresionante el tamaño de la aeronave, con una escala que es muy difícil de trasladar en fotografías y que solo se aprecia cuando estás allí. El edificio que lo alberga como si fuera un hangar tiene varias plantas en las que se desgranan los detalles sobre estas misiones que permitieron poner en marcha el telescopio Hubble o la Estación Espacial Internacional.

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Hay zonas pensadas para niños (pequeños y grandes) en las que te puedes tirar por toboganes, experimentar en una pequeña atracción las sensaciones de un despegue o manejar un simulador, además de varios trajes de astronautas y una zona específicamente dedicada a la Estación Internacional con banderas de los países que han participado en ella, entre otros España (que se lo pregunten al actual ministro Pedro Duque).

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Como buen parque de ‘atracciones’, en el recinto no pueden faltar los espacios habilitados para comer y comprar. Los primeros no son de gran calidad, pero en los segundos los amantes de la NASA seguirán gozándola. Hay una tremenda variedad de souvenirs, camisetas, sudaderas, mochilas, gorras… Todo lo necesario para que los frikis consoliden su afición y contagien de ella a amigos o familiares.

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Si estáis interesados en visitar el Kennedy Space Center, consultad con la suficiente antelación las posibles fechas y sus implicaciones porque con cierta frecuencia hay lanzamientos programados que interfieren en los horarios, tened en cuenta las posibles condiciones meteorológicas adversas (la zona es víctima habitual de huracanes) y fijaos en que a veces van los astronautas veteranos a dar alguna charla y es posible tener encuentros con ellos.

Con o sin firma de autógrafos, el complejo temático es absolutamente recomendable y supone una forma original y genuina de pasar el día, también por supuesto para los que viajen con niños a los que la temática espacial estimula la imaginación y fomenta vocaciones profesionales tecnológicas tempranas.

¿Quién no ha pensado alguna vez “de mayor quiero ser astronauta”? Pues en Cabo Cañaveral es posible sentirse como ellos por unas horas.

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