Roma. Tres días en el milagro eterno (I)

Es imposible resumir una ciudad que tiene 2.800 años y de cuyo seno venimos nosotros. Todos los caminos conducen a ella y, en sentido contrario, partieron de sus colinas para ‘civilizarnos’ a los que hablamos una evolución del latín, nos organizamos según su cuerpo legal básico, concebimos las ciudades como ellos lo hicieron y nos movemos por sus carreteras. Roma es la lejana madre patria y por ello su visita conmueve, enamora y fascina, también por su inescrutable caos y su magnificencia eclesial. Visitarla podría llevar toda una vida y nunca se agotaría, pero aquí tendremos que conformarnos con hacerlo en apenas tres días.

Estuvimos en la Ciudad Eterna a mediados de enero de 2018, en la temporada más baja del año, cuando no hay que aguantar colas ni siquiera para entrar el Vaticano y cuando los hoteles desploman sus precios. A cambio tuvimos que soportar frío y algún barrio de ambiente desangelado, pero el sacrificio compensa a la vista de las crónicas que muchos turistas relatan sobre auténticos infiernos multitudinarios en los lugares de mayor interés.

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Nos alojamos en el Hotel Damaso, recién inaugurado por aquel entonces. Tiene la Piazza Navona a un costado y el Campo dei Fiori al otro. Además, por su fachada principal discurre el Corso Vittorio Emmanuele, donde confluyen varias líneas de autobús. Desde entonces (a fecha de mayo de 2019) sus tarifas se han venido arriba, pero si encontráis una buena oportunidad u os apetece daros el capricho, no lo dudéis (aquí os dejo un enlace en booking con descuento).

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Tras dejar las maletas, la inmejorable ubicación de nuestro hogar temporal nos permitió olvidarnos del transporte público y empezar a patear el centro histórico, esa maraña de callejuelas empedradas salpicada de rincones que alucinarían a cualquiera en otra ciudad, mientras aquí pasan desapercibidos. El tópico de “museo al aire libre” puede ser empalagoso, pero es inevitable si nos vamos topando con fuentes esculpidas por Bernini, cimientos con 20 siglos a sus espaldas y palacios señoriales.

Entre todos ellos, la gran maravilla de la vieja Roma: el Panteón de Agripa.

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El antiguo templo de los dioses latinos, el mejor conservado de su época gracias a que ha mantenido un uso permanente hasta la actualidad, impresiona por su friso y las gigantescas columnas del pórtico exterior, pero sobre todo por su bóveda y el aire (sí, el aire) que abraza en su seno. Si quieren comprenderlo mejor hasta enamorarse de él, lean esta maravilla de Jot Down.

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Solo conociendo su simbolismo, la magia de su técnica constructiva y de la luz entrando por su linterna se aprecia el incalculable valor que posee. La influencia que ha tenido en toda la arquitectura que vino después demuestra por sí sola que es uno de los grandes templos de la cultura universal y que es necesario experimentar un largo y reposado rato en su interior para sentir las proporciones, la energía y el peso de la historia que allí reside.

 

Recuperado el aliento tras el éxtasis cultural, uno ya nunca será el mismo deambulando por el corazón de una civilización legendaria, pero el instinto y el GPS lo acercan hasta la Fontana de Trevi. Otro milagro del arte, como tantos que hay en Roma, resistente al paso del tiempo y que sigue fascinando al ser humano sin importar cuánto avance o retroceda todo lo que hay a su alrededor. Es una lástima su masificación y el postureo instagrámico que dificultan su contemplación, pero tras saborearla como segundo plato de la ‘cena’ cultural de aquella primera tarde, que por el camino se había salpicado de otras iglesias y puntos de interés de menor escala, el día estaba saciado y tocaba descansar.

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Para esta segunda jornada (primera completa) nos esperaba la Roma de los Papas, empezando por los Museos Vaticanos. Otra bestialidad, una cantidad ingente de obras de arte acumuladas a lo largo de los siglos desde las estancias que dominan la Ciudad del Vaticano y que se asoman en varios puntos a la cúpula de San Pedro.

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Para visitarlos es extremadamente recomendable comprar las entradas con antelación. Así te evitas parte de las colas, que dependiendo de las fechas pueden ser interminables, y puedes elegir diversas modalidades para recorrer los museos: a tu ritmo, con audioguía o con guías para grupos en distintos idiomas y grados de exclusividad. Si la llevas desde casa no atiendas a ninguno de los pesadísimos vendedores de visitas que te asaltarán a lo largo de la muralla vaticana, donde suelen comenzar las filas. Pasa de ellos y de sus consejos.

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La gran estrella es la Capilla Sixtina, la obra maestra de Miguel Ángel que culmina el recorrido y a la que dirigen como ovejitas pastoreadas a los rebaños de turistas que recorren las salas. Pero precisamente por el agobio que supone el hacinamiento, la imposibilidad de hacer fotos o incluso de hablar en voz alta en el recinto es uno de los puntos que menos se disfruta.

Hay muchas páginas de internet donde ver de cerca las maravillosas pinturas del genio renacentista con mayor y mejor calidad que en directo, así que recomiendo no obsesionarse con la guinda del pastel vaticano que está inmediatamente precedida de las estancias de Rafael y, en su lugar, disfrutar por el camino del patio de la Piña, la inmensa galería de estatuas grecorromanas, el icónico retrato en piedra de Augusto, el precioso pasillo de los mapas, la sobrecogedora escultura del Laoconte o la gigantesca alegoría escultórica del río Nilo, una de mis piezas favoritas.

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Los Museos Vaticanos tienen una extensión inabarcable en un día, y mucho menos en unas horas, así que hay que seleccionar e ir metalizados con buen calzado y ganas de disfrutar de sus maravillas. En el interior se puede comer (nosotros lo hicimos nada más terminar) en distintas cafeterías y restaurantes autoservicio, lo que ahorra tiempo y energías buscando por los alrededores.

Con las fuerzas renovadas, y salvo que tengas entrada guiada combinada con la Basílica de San Pedro, te tocará salir al exterior y rodear el Vaticano hasta poder llegar a la plaza. Allí hay que pasar un control de seguridad par acceder, gratuitamente, a la mayor iglesia de la cristiandad, donde reside su centro de poder político y espiritual.

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Es una obra descomunal donde se llega a perder por completo el sentido de la escala. Es todo de una enormidad y una riqueza tan deslumbrantes que no se puede transmitir con palabras la majestuosidad que transpiran todos sus poros, desde el pavimento hasta el baldaquino de Bernini, la cúpula (inspirada, cómo no, en la del Panteón), los mosaicos dorados, las esculturas junto al altar, las capillas laterales, la Piedad de Miguel Ángel imposible de contemplar en condiciones porque la tienen atrapada tras un cristal y alejada de los ojos de los mortales… Como para perder la noción del espacio y el tiempo.

A la cúpula se puede subir tras ascender 300 y pico escalones (más de 500 si no se opta por el ascensor que salva la primera parte del recorrido), pero tiene entrada aparte y nosotros no la cogimos. Desde su parte más alta se obtienen las mejores panorámicas de la también impresionante plaza de San Pedro, presidida por un obelisco traído de Egipto, y de los jardines vaticanos.

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En su lugar, tras salir de la basílica optamos por recorrer toda la Vía de la Conziliazione hasta llegar a las orillas del Tíber y visitar el Castel Sant’Angelo, que primero fue tumba del emperador Adriano y posteriormente fortaleza papal. Todavía se conservan varias partes del ‘pasetto’ elevado o pasadizo por el que los sucesores de Pedro podían ir caminando entre el castillo y su palacio sin necesidad de tocar el suelo cuando necesitaban refugiarse o preferían no ser vistos.IMG_2656

Además de ser interesante en sí mismo, con su corazón pétreo y sus diversas estancias, la azotea del Castel Sant’Angelo ofrece una panorámica preciosa sobre el Vaticano, el río y el centro de la ciudad.

Desde allí vimos caer la tarde sobre la ciudad y para cerrar la jornada volvimos a ‘nuestro’ barrio, el Campo dei Fiori. Lo que por la mañana es un mercado de verduras y de muchas otras mercancías por la noche se convierte en un solar despejado, rodeado de restaurantes. Pasta, pizza, tiramisú, café… y a descansar para recuperar cuerpo y mente de todo lo vivido, porque aún nos quedaba mucha Roma por disfrutar.

(Continuará…)

 

 

 

 

 

 

Un comentario en “Roma. Tres días en el milagro eterno (I)

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