Estambul en un día. Cinco visitas para una escala de crucero

La legendaria Bizancio, luego Constantinopla, ahora llamada Estambul, capital de cuatro imperios a lo largo de los últimos 2.000 años, cumple todos los tópicos como lugar de encuentro, puerta de Asia, frontera oriental de Europa, crisol de culturas y enclave estratégico. Los frutos de su abrumadora historia darían para varias jornadas, pero también puede conocerse a bordo de un crucero (así hicimos nosotros en 2013) aprovechando una escala de 24 horas y escogiendo cinco citas fundamentales para entender esta ciudad única en el mundo.

Es la urbe más poblada del Viejo Continente, con unos 15 millones de habitantes sumando su área metropolitana, y creció a caballo entre dos continentes. Una parte se apoya en Europa y la otra en Asia, a ambos lados del ‘estrechísimo’ del Bósforo que ha visto cruzar en viajes de ida y vuelta a decenas de ejércitos a lo largo de los siglos, aprovechando este paso entre el Mediterráneo y el Mar Negro para conquistar o ser conquistados. Por eso en ella se respira ese ambiente de mezcolanza. Dependiendo de donde mire o en quién se fije, al viajero le parecerá que estamos en Londres o en Bagdad, con tremendos contrastes entre gentes, edificios y barrios.

Si llegáis en barco, la entrada a la capital de Turquía por mar es espectacular y merece la pena disfrutarla desde un rato antes de llegar, observando a babor y estribor cómo se va estrechando el mar y acercando los enormes monumentos, hasta que se atraca en el puerto de Gálata, bajo la famosa torre del mismo nombre, a tiro de piedra del centro. 

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Una vez superados los trámites aduaneros (Turquía no es miembro, todavía, de la Unión Europea), basta con cruzar la calle y tomar el moderno tranvía en la parada más cercana. Antes de subir hay que comprar una ficha llamada ‘Jeton‘ en las máquinas expendedoras, y esta pequeña pieza de plástico será nuestro billete que deberemos introducir en los correspondientes tornos. La línea 1 nos lleva en pocos minutos hasta Sultanahmet, el corazón del llamado Cuerno de Oro (la parte histórica) y la plaza alrededor de la cual están los principales monumentos. Allí comenzamos la visita a nuestra primera cita.

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  1. La Basílica Cisterna

En el siglo VI d.C., y ante el temor de que un asedio pudiera dejar a la ciudad sin abastecimiento de agua, el emperador Justiniano decidió construir un enorme depósito subterráneo que se ha conservado como un curioso templo. La sucesión de columnas, su tenue iluminación rojiza, su frescor ideal para los meses del verano y su aparición en el libro ‘Inferno’ de Dan Brown lo han convertido en un gran atractivo turístico.

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La visita no tiene mayor complicación que pasear tranquilamente entre los pasadizos elevados. Para completar el misterio que rodea a este lugar hay que buscar las columnas con formas extrañas y los dos pilares apoyados en enormes bloques de piedra donde está tallada la inquietante cabeza de la Medusa.

 

2. Mezquita Azul

No es el mayor de los templos musulmanes de la ciudad, pero sí el más bonito, el más icónico y el más famoso. La impresionante Mezquita Azul, así llamada por los azulejos de cerámica que decoran su interior, es todo un hito en la arquitectura islámica que data del siglo XVII y que es tan espectacular por fuera como por dentro. Hasta 2016 fue la única mezquita con 6 minaretes fuera de La Meca, un símbolo de opulencia e importancia.

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La entrada es gratuita, aunque para acceder a ella hay que cumplir ciertas reglas de vestimenta, especialmente las mujeres que deben cubrirse cabeza y hombros. Si no lleváis nada con vosotros para taparos, en la entrada proporcionan una especie de pañuelos. Tomaos vuestro tiempo para apreciar las filigranas de los techos y las lámparas o el ambiente de los fieles que acuden a rezar (tienen una zona separada de los turistas), muchas veces en familia.

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3. El Gran Bazar

Si os gustan las compras, este es vuestro paraíso. No es especialmente bonito, los vendedores pueden llegar a ser excesivamente insistentes regateando y la globalización ha hecho mucho daño en forma de burdas imitaciones, pero merece la pena adentrarse al menos durante un rato en este gigantesco laberinto de tiendas.

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El Gran Bazar presume de ser uno de los mercados antiguos más extensos del mundo (tiene 500 años de trayectoria a sus espaldas) y en él podréis encontrar de todo, principalmente ropa, complementos, objetos de decoración y especias. Ojo con desorientarse en su interior tras atravesar alguna de sus 22 puertas: puedes quedar atrapado.

4. Paseo en barco por el Bósforo

Desde el Gran Bazar se desciende rápidamente hasta la punta del cuerno de oro y el pequeño puerto junto al Puente Gálata. De camino pasaréis por la Mezquita de Suleiman, otro templo espectacular que marca el horizonte de la ciudad, y ya en la orilla podréis tomar alguno de los barcos turísticos que dan una vuelta por el Bósforo. Hay diversos tipos de botes (más grandes, más pequeños, con audioguía, sin ella, con tickets combinados o en diversos idiomas) y por tanto un amplio abanico de precios. Sea cual sea vuestra elección, os recomiendo hacerlo al atardecer para aprovechar la luz de esa hora mágica.

El paseo acuático es un momento relajante para disfrutar de otra perspectiva de Estambul, repasar desde la lejanía lo contemplado al pie de los monumentos y recrearse en la maravillosa pervivencia de uno de los hitos de la historia eurasiática.

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Resulta increíble que esa pequeña franja de agua hayan separado durante siglos dos mundos enfrentados y ahora sus orillas están plagadas de minaretes, banderas nacionales de Turquía que se divisan por doquier y maravillas como el Palacio Ciragan Kempinski (ahora convertido en un hotel de lujo) que recuerdan las viejas glorias y lujos del Imperio Otomano.

En nuestro caso, así acababa el día y volvimos al barco a cenar, de nuevo utilizando el tranvía. Teníamos la suerte de que el crucero hacía noche en Estambul (era la última parada de la ruta) y desde la cubierta estuvimos un rato contemplando, en lontananza, los minaretes iluminados de las mezquitas con carteles luminosos que recordaban el carácter festivo de las fechas, pues estaban en pleno Ramadán. La megafonía de los templos atronaba con la llamada al rezo, lo que añadía al ambiente un toque todavía más especial.

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5. Santa Sofía

A la mañana siguiente todavía nos quedaban unas horas hasta tomar el vuelo de vuelta y dejamos lo más famoso de la ciudad para el final: Santa Sofía. Esa imponente construcción que domina la parte más alta del centro histórico fue en su nacimiento (siglo VI)  iglesia ortodoxa, luego mezquita y ahora está desacralizada como museo nacional. Hagia Sofia representa la culminación del periodo bizantino (dice Wikipedia que fue la catedral más grande del mundo hasta la construcción de la catedral de Sevilla, ya en el siglo XVI) y llegó a ser sede papal, hasta que los otomanos la convirtieron en lugar sagrado islámico y le añadieron elementos propios de su religión como el mihrab o el mimbar.  Su pesada arquitectura original, en la que sobresale una enorme cúpula, se aligeró entonces visualmente con minaretes.

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Para acceder a ella hay que pagar entrada, y resulta altamente recomendable reservar con antelación por internet para evitar las largas colas. El interior deja al visitante sin palabras, abrumado por las dimensiones, la riqueza de la decoración, los juegos de luces y los descomunales medallones con letras árabes que cuelgan de la nave central.

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En el interior hay impresionantes mosaicos bizantinos y desde la planta superior, donde se exponen algunas de estas obras, se contempla una original perspectiva de las cúpulas secundarias del propio edificio y de la cercana Mezquita Azul, situada frente a la misma explanada de Sultanahmet.

No teníamos tiempo para más, debíamos volver al barco y nos quedamos con las ganas de recorrer el Palacio de Topkapi (el equivalente a la Alhambra de los sultanes otomanos) o de subir a la torre Gálata (desde cuyo mirador hay unas vistas panorámicas impresionantes), así que ya sabéis: “Habrá que volver”. Porque Estambul se merece mucho más de un día.

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Un traslado en autobús de casi una hora, desde el puerto hasta el Aeropuerto Internacional Sabiha Gökçen situado en el lado asiático, nos confirmó las dimensiones de esta gran capital que está en plena ebullición urbanística y demográfica.

La última imagen de la ciudad nos la regaló la ventanilla del avión, y fue el final perfecto. Desde las alturas, el Bósforo y sus puentes aparecieron como en una maqueta y se hizo inevitable pensar en la Canción del Pirata, de José Espronceda, aquella que comienza “Con cien cañones por banda” y que dice unas líneas más abajo:

“Asia a un lado, al otro Europa, Y allá a su frente Estambul” P1040182

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