Alsacia, Selva Negra e Interlaken. Un roadtrip de cinco días por el corazón de Europa

Tres países y mil kilómetros a todo color. Pueblos de cuento con fachadas multitonales, una naturaleza espectacular siempre verde, ciudades históricas construidas a base de madera y piedra, lagos azules y montañas blancas. Eso es lo que nos encontramos en julio de 2016 cuando hicimos un pequeño roadtrip por el corazón de Europa que nos llevó a visitar a lo largo de cinco días las regiones de Alsacia (Francia), Selva Negra (Alemania) e Interlaken (Suiza) y nos dejó un estupendo sabor de boca.

Día 1. Madrid-Estrasburgo-Wolfach

El punto de partida y de regreso fue Estrasburgo, a donde volamos con Air Nostrum desde Madrid en un cómodo trayecto de poco más de una hora. Fueron 225 euros ida y vuelta por persona, pero pueden obtenerse precios más baratos reservando con la suficiente antelación o volando a Basilea, donde llegan más aerolíneas ‘low cost’.

Allí, en la capital alsaciana, alquilamos un coche con Sixt para 5 días y medio, por 270 euros incluyendo conductor adicional. Pedimos un SUV de tamaño medio, aunque hubo problemas y acabamos en un Audi A1. Demasiado pequeño y sin embargo más equipado, con el que afrontamos el inicio de la ruta que teníamos planificada:

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A pocos kilómetros de arrancar en dirección oeste cruzamos el enorme puente internacional sobre el Rhin, que ejerce de frontera francoalemana, y nos dirigimos hacia la pequeña localidad alemana de Wolfach, en el corazón de la Selva Negra, donde nos esperaban nuestros cuñados y sobrinos que habían llegado en coche desde París. Estaban en una casa rural que se alquila por habitaciones y la elección fue un acierto.

En un barrio a las afueras de Wolfach, internado en el bosque, se encuentra el Josenhof. No tiene ningún lujo, pero es absolutamente recomendable por el entorno, por el descanso que garantiza el silencio de los alrededores y, para los que viajan con niños, por la libertad que da su pequeña parcela con un campito de fútbol, un parque infantil pirata y a cuyo alrededor corretean ciervos, un perro y una camada de gatos.

 

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Vistas desde la terraza de nuestro apartamento en Josenhof

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Si quieres reservar este u otro alojamiento a través de Booking puedes utilizar este enlace, que incluye un descuento de 15 euros.

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El complejo rural Josenhof, tal y como aparece en la página de Booking.com

Día 2. Wolfach-Colmar-Eguisheim-Wolfach

Tras descansar estupendamente, a la mañana siguiente salimos temprano y volvimos a cruzar la frontera hacia Francia a través de carreteras comarcales por colinas que seguían verdes en pleno verano, descendiendo suavemente hasta Alsacia, esa franja de terreno que ha estado históricamente en disputa entre los galos y los alemanes, donde hay una mezcla cultura de ambos países, que es una de las mejores regiones de Europa para visitar en combinación con la Selva Negra y cuyo emblema turístico es la preciosa Colmar.

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Sus plazas empedradas y sus canales son una pasada. Tanto como sus balcones adornados con miles de flores, las insignias de los antiguos oficios de comerciantes colgando de las fachadas, el mercado de abastos en el que se encuentran todo tipo de productos originarios de la zona y donde presumen de buena materia prima o sus terrazas repartidas por toda la localidad, en las que degustar un helado en verano o un vino caliente en invierno. Es como estar dentro de un relato mágico (sirvió de inspiración a los señores de Disney para recrear el pueblo ‘La Bella y La Bestia’) con una imagen idealizada y la mezcla perfecta entre lo francés y lo alemán.

Pasear por las callejuelas y tomar una barca para recorrer en silencio el interior de la corriente de agua bastan para relajarse y tomar conciencia de por qué esa zona es un destino tan de moda últimamente. IMG_1829

Muy cerca de Colmar hay varias localidades que replican el bucólico estilo alsaciano pero teníamos que elegir solo una y quizás la más conocida es Eguisheim. Apostamos por ella y no nos defraudó. Al contrario, su fotogénico entramado medieval nos sorprendió, y para bien. Pasamos la tarde recorriéndola con tranquilidad tras aparcar a la entrada, pero cuidado los que vayáis en fechas clave y sobre todo en Navidad, cuando toda la región se convierte en un inmenso y espectacular mercadillo, porque las multitudes pueden resultar agobiantes.

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Día 3. Excursión al Lago Mummelsee

Tras volver a dormir a Wolfach, el plan inicial para esta jornada era visitar Friburgo y el lago Titisee (sobre los que había leído, oído y visto en estos enlaces del magnífico programa Nómadas, de RNE) pero finalmente nos apeteció algo más tranquilo. El dueño de la casa rural nos propuso un museo etnográfico que había en los alrededores, un parque de osos que está cerca del propio Wolfach o subir hasta el lago Mummelsee para conocer el interior de la Selva Negra. Esta fue nuestra elección.

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El bosque, inmenso y muy tupido (de ahí su nombre) donde encontraron su límite septentrional las legiones romanas, es un gigantesco pulmón vegetal ubicado al suroeste de Alemania. En esta región veranean miles de germanos por ser más soleada y cálida que el resto del país y en ella tienen su origen la multitud de leyendas sobre sirenas, elfos, dioses y otras criaturas del bosque que jalonan la mitología teutónica.

En el Mummelsee se puede hacer senderismo por sus alrededores, alquilar barcas recreativas y disfrutar en algún restaurante cercano de la gastronomía local, donde no pueden faltar las salchichas regadas con cerveza y la archifamosa Tarta Selva Negra.

Para llegar a él hay que recorrer una carretera panorámica cuyas vistas permiten apreciar la magnitud de esta verdadera jungla en mitad del Viejo Continente y desde la que se adivina la cercana Baden-Baden, mítica ciudad balneario que hicieron famosa los señoritos de principios del siglo XX.

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De regreso a Wolfach paramos en el centro propia localidad,  cuya calle principal adornada de llamativas banderas es un buen ejemplo de la arquitectura popular del entorno, siempre rodeado por praderas, ríos y montañas omnipresentes.

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Día 4. Wolfach-Cataratas del Rhin-Berna

Tocaba cambiar de nuevo de país y esta jornada era la de mayor kilometraje (alrededor de tres horas y media de coche), así que la dividimos en dos etapas para poder conocer otro de los imprescindibles del entorno, la espectacular cascada del Rhin que marca el límite entre Alemania y Suiza. 

La fortaleza desde la que se visitan las cataratas está en el lado helvético y entrar a ella tiene un coste de 5 francos (unos 4,5 euros). Debe tenerse en cuenta que antes de ingresar en la carísima Suiza conviene llenar el depósito de gasolina y, obligatoriamente, comprar la llamada ‘Viñeta’. Se trata de una pegatina que se coloca en el parabrisas delantero y que sirve como tarifa plana para circular por las autopistas del país alpino (excepto algunos túneles). En 2019 su precio es de 38,50 euros.

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El recorrido desde el pequeño castillo permite acercarse muchísimo al agua desde varios miradores, que ese día estaban atestados de gente. Hay barcas para cruzar al otro lado, navegar ante el salto de agua donde se forman permanentes arcoiris o trepar hasta una pequeña torre situada justo en medio del torrente. También hay un restaurante de comida rápida para poder comer a orillas del Rhin y no perder tiempo de visita.

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Tras recuperar energías, nos pusimos rumbo a Berna, una de las principales ciudades de Suiza que aloja las sedes del Gobierno y del Parlamento y que elegimos para pasar dos noches por ser la puerta de entrada a la región de Interlaken. Nos alojamos en el Ibis Budget Bern Expo, un hotel urbano (100 euros por noche en habitación triple, lo cual en verano y en esa zona era de lo más razonable) situado a las afueras pero que ofrece como interesante servicio a los clientes billetes de tranvía gratuitos hasta el centro. El transporte público para en la puerta del hotel y te deja en el corazón de Berna en apenas 15 minutos. De nuevo, aquí os incluyo el enlace de Booking con descuento.

Ya era tarde cuando llegamos, pero una de las ventajas de viajar en julio es la longitud de los días y pudimos aprovechar los últimos rayos de sol para darnos un paseo por sus cuidadas calles, contemplar el pintoresco trazado de las vías principales flanqueadas de banderas y atravesadas por el tranvía, y fotografiar la famosa Torre del Reloj, emblema turístico local. Poco más, pues al día siguiente debíamos madrugar mucho para afrontar otro de los platos fuertes del viaje.

Día 5.  Lago Bachalpsee/Interlaken

Partimos al amanecer desde Berna para recorrer los 75 kilómetros que nos separaban de Grindelwald, una pintoresca localidad situada en la región de Interlaken. Es una de las más bonitas del entorno, enclavada entre los Alpes suizos y austriacos que también son un ‘Top 5 continental’. Desde allí parte el teleférico hasta la ruta del Lago Bachalpsee, una increíble belleza natural que gracias a ese funicular es perfectamente accesible para cualquiera con un mínimo de forma física.

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Como pasa con todo en Suiza, no es barato, pero creedme que vale la pena. Cuesta 60 euros por persona (precio de 2019, los menores de 7 años no pagan), puede combinarse con otros pases como el del espectacular JungFrau-Top of Europe y para los niños de entre 7 y 16 años es válida la llamada Junior Card, que permite coger trenes o autobuses en toda Suiza durante un año por solo 30 euros.

El teleférico parte de los 1.000 metros sobre el mar y llega hasta la estación de First, a más de 2.100. Semejante diferencia de altitud provoca que el paisaje vaya cambiando a medida que se asciende durante casi 30 minutos, desde el fondo del valle hasta las aristas rocosas nevadas, pasando por zonas de arbolado.

Desde la cima hasta el lago se tarda alrededor de una hora mediante una suave ascensión que se pasa volando. Hay muchos puntos en los que es inevitable pararse a hacer fotos y a descansar en banquitos de madera totalmente instagrameables.

Tras superar la última pendiente aparecerá ante nuestros ojos el lago Bachalpsee, a 2.260 metros, cuyo desagüe se asemeja a una ‘infinity pool’. Si tenéis suerte con el día la escena hará honor a lo que muchos consideran el lago más bonito de todos los Alpes: el verde de las praderas, el gris granítico de las cimas más altas que superan los 4.000 metros como el piramidal Schreckhorn, el hielo y la nieve que las coronan de forma perpetua y todo ello reflejado en el agua. Idílico. Inolvidable. Una escena de esas que se graban en la retina para siempre, a la altura de las grandes maravillas de la naturaleza y que, por suerte, no está masificada (todavía).

 

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Si estáis en forma y no os importan las agujetas del día siguiente se puede alargar la ruta hasta más arriba del lago o también reducir el presupuesto tomando solo el billete de teleférico de subida y bajar andando. Los que vayan en familia y quieran completar el plan también pueden alquilar bicicletas, descender un tramo en tirolina, parar a mitad de camino para disfrutar de un parque infantil alpino… En definitiva, posibilidades casi infinitas para pasar el día entero por la zona. En esto los suizos se lo montan muy bien.

Nosotros teníamos billete de ida y vuelta en el funicular, así que tras descansar un rato en First, caminando por una impresionante pasarela metálica clavada a la roca y tomando el sol en la terraza abierta al público (no compréis agua, que la cobran a precio de oro y hay una fuente potable en la planta baja) volvimos al valle y disfrutamos tranquilamente del pueblo reponiendo fuerzas en un restaurante italiano de Grindelwald.

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Desde allí tomamos el camino de regreso hacia Berna, rodeando de nuevo Interlaken, e hicimos una parada en el castillo de Oberhofen, una fortaleza espectacular asomada al lago cuyas mejores vistas se obtienen desde el pequeño muelle con cafetería y parque infantil situado enfrente. El interior tiene un pequeño museo, también se organizan eventos e incluso es posible alojarse en él por el módico precio de 650 euros la noche…

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Día 6. Berna-Estrasburgo-Madrid

Era el último día. Nuestro viaje se acababa y teníamos que conducir de Berna a Estrasburgo para devolver el coche de alquiler y tomar el vuelo a Madrid. Circunvalamos Basilea, otra gran ciudad suiza que merece un día de visita si disponéis de más tiempo y que conocía de unos años atrás, y surcamos el valle alsaciano de sur a norte vigilados por el castillo de Haut-Kœnigsbourg, una de las fortalezas más bonitas de Francia que también nos quedamos con ganas de conocer.

Al menos, antes de ir al aeropuerto dispusimos de una horita en Estrasburgo para conocer por encima su centro histórico y pasear por la llamada ‘Petite Alsace’, que de nuevo entre canales y casas de entramados de madera adornadas con flores recuerda los entornos rurales de Colmar o Eguisheim.

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Dos años y medio después, guardamos un precioso recuerdo de este pequeño roadtrip, ideal para hacerlo tanto en pareja como en familia, y que combina turismo de naturaleza, cultural e histórico. Repetiríamos sin duda cada uno de los destinos por separado. Alsacia, la Selva Negra e Interlaken se merecen por sí mismos un viaje y nos hubiera gustado estar más tiempo en cada uno de ellos para paladearlos reposadamente, pero ya se sabe: “Esa la excusa perfecta para volver”.

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** Bonus: Triberg

El resto de la familia, que llegó un día antes a Wolfach, aprovechó esa jornada extra para visitar la localidad alemana de Triberg, famosa por sus cascadas. Allí hay un sendero asfaltado con diferentes recorridos adaptables a las capacidades o intereses de cada uno y nos hablaron muy bien de ese paseo con miradores para contemplar los distintos saltos de agua. Además, la localidad es famosa por su artesanía de relojes de cuco. Presumen de tener en funcionamiento el más grande del mundo, pero precisamente esta atracción (que está a las afueras) nos contaron que fue un tanto decepcionante, así que pueden resultar más bonitos los que decoran las casas y tiendas del propio pueblo.

 

 

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