Visitar el Gran Cañón desde Las Vegas: un espectáculo natural por tierra, mar y aire

La cicatriz más famosa del mundo es uno de los grandes espectáculos naturales de este planeta. Un enorme tajo excavado en la roca durante miles de años por el río Colorado que quita la respiración al que se asoma a sus bordes. Los españoles que conquistaron este lugar hace casi 500 años se toparon con una enorme dificultad que se tardaba días en salvar, pero ahora es uno de los lugares más visitados de Estados Unidos, un imprescindible en cualquier roadtrip por la Costa Oeste y la excursión más demandada desde Las Vegas. En el Gran Cañón estuvimos en el año 2002 y pudimos abordarlo por tierra, mar y aire.

 

En la ‘Ciudad del Pecado’, un gigantesco parque de atracciones para adultos, hay infinidad de compañías que ofrecen visitar el Grand Canyon West, el extremo más occidental del cañón donde hace unos dos construyeron el Skywalk, una pasarela de cristal suspendida en el aire sobre 1.300 metros de altura.

Ojo: está fuera de los límites oficiales del Parque Nacional del Gran Cañón y por tanto la entrada no es válida para esta parte, sino que funciona de forma independiente porque forma parte de la reserva de la nación Hualapai y lo gestionan los indios nativos, independientemente de las empresas intermediarias de las excursiones.

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No es una actividad barata, ni mucho menos, pero os aseguro que merece la pena y tenéis multitud de opciones. Si vais con vuestro coche y solo queréis contemplar el paisaje os costará 50 dólares por barba. El desplazamiento desde Las Vegas dura poco más de dos horas, con la segunda parte por una carretera sin asfaltar. Si no tenéis vehículo podéis desde coger un helicóptero o una avioneta en el propio aeropuerto de Las Vegas, algunos incluso con programa nocturno, a optar por una excursión larga de todo el día.

Nosotros contratamos en un pequeño quiosco turístico de los muchos que hay en el strip una jornada completa: autobús con parada en la Hoover Dam, acceso a dos puntos panorámicos en la zona Hualapai, vuelo en helicóptero para sobrevolar el cañón y paseo en barca por el lecho del río con un precio aproximado de 300 euros por persona, desayuno y almuerzo incluidos. Fue una inversión pero también una experiencia inigualable.

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En nuestro caso la visita completa duraba unas 12 horas y partimos de Las Vegas muy pronto, al amanecer. Un autobús nos recogió en la puerta de nuestro hotel (estábamos en el MGM) y nos llevó, antes de nada, a desayunar a otro hotel de la ciudad que ejercía de punto de encuentro. Los americanos son así. A los pocos minutos partíamos, dejábamos atrás el skyline de los casinos y nos adentrábamos en pleno desierto.

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Rodeamos el lago Mead, una reserva de agua artificial que abastece y proporciona electricidad a buena parte del entorno, pasamos junto a la presa Hoover (en la que paramos en el camino de vuelta), dejamos el estado de Nevada para entrar al de Arizona y poco a poco el paisaje se fue convirtiendo en un absoluto desierto, apenas salpicado por los Joshua Tree, un tipo de cactus que también da nombre al archiconocido disco de U2.

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Tras más de dos horas de charleta ininterrumpida del conductor-animador que hacía de guía, salpicada de bromas que no entendimos por nuestro limitado nivel de inglés, llegamos a la reserva de los Hualapai. Allí todo el mundo tiene que dejar su vehículo, pasar por caja (si no lo habéis hecho antes) y moverse en lanzaderas que conectan varios puntos de interés. A nosotros lo primero de todo nos tocó el helicóptero, así que nuestra primera vista del Colorado fue desde el aire.

En unas salas de espera preparadas para la avalancha turística te pesan para asegurar la correcta compensación entre asientos, te colocan en tu sitio correspondiente y a volar. Abróchense los cinturones y relájense para quedarse boquiabiertos.

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Es indescriptible la sensación que se obtiene al contemplar desde el cielo y en movimiento las gigantescas paredes que se desploman desde la meseta superior hasta el lecho fluvial. Qué afortunadas son las aves que habitan estos parajes y pueden hacerlo todos los días. Las fotos no hacen justicia a lo que uno experimenta sobrevolando el mito y sintiendo su enormidad.

 

Unos minutos después, el helicóptero se posa junto al cauce. Hemos descendido más de un kilómetro y se nota en la temperatura. Los termómetros ahí abajo marcan varios grados más que en las cimas de alrededor, donde llega a nevar en invierno (principalmente en la orilla norte).

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El paseo en barca permite también sentir, aunque solo sea por un rato, la poderosa fuerza de esta corriente de agua que tiene más de 2.300 kilómetros de longitud, nace en las Montañas Rocosas y acaba desembocando en el Mar de Cortés, en el Océano Pacífico. Al finalizar el recorrido en el bote, de nuevo al helicóptero, a ascender hasta la parte superior y a visitar, ahora a pie, dos de los puntos más fotogénicos del Gran Cañón Oeste: Eagle Point y Guano Point.

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Los dos están muy cerca del Skywalk, conectados por autobuses. El primero de ellos responde a la curiosa forma de águila que se observa desde la orilla y junto a él se encuentran los edificios de servicios generales, una tienda de souvenirs, un puesto de comida china (para los miles de orientales que pasan por aquí y quieran sentirse como en casa, supongo…) y una pequeña reconstrucción de un poblado Hualapai.

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Gran parte de los empleados tiene rasgos indígenas, algunos visten con ropas tradicionales, no sé si por costumbre o por ambientar más al viajero, que puede asomarse a unas chozas de madera y obtener información sobre la nación india que dominaba estas tierras hasta la conquista occidental (primero llegaron los españoles y finalmente arrasaron los estadounidenses, con la expansión hacia el oeste) .

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Como en todos los lugares turísticos de Estados Unidos, está preparado para no tener que esforzarse mucho y poder verlo de forma cómoda y accesible. Hay zonas cubiertas en las que refugiarse del sol, que en verano debe de ser terrible, y varios puntos de observación a los que se llega sin tener que caminar apenas, aunque para los más intrépidos también hay recorridos de trekking o paseos en burro.

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La hendidura del West Grand Canyon es más estrecha que en la zona del Parque Nacional, el llamado South Rim que es el lugar más visitado por quienes van por libre, pero precisamente por tener una escala algo menor se aprecian mejor sus dimensiones y siempre se ve el fondo del río, lo que ayuda a hacerse una idea de la bestialidad que han esculpido aquí el tiempo y las fuerzas de la naturaleza.

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En Guano Point, el otro hito panorámico, resaltan todavía más los tonos rojizos de las piedras y es posible asomarse de nuevo a los precipicios, sorprendentemente sin apenas protecciones. Allá cada cual con lo selfies y sus riesgos.

Uno se quedaría allí horas y horas, asombrado ante un espectáculo sin parangón, pero lo malo de las excursiones organizadas es que los horarios están establecidos y hay que respetar las horas de comer.

Para almorzar nos llevaron a una especie de rancho en el propio recinto que simulaba un pueblito del western, con su cantante de country incluido, aunque bastante artificial, la verdad.

Ya por la tarde tocaba regresar y por el camino paramos en una gasolinera friki con estética pop-espacial, un grafiti de El Padrino (o algo parecido) y un vehículo militar equipado como para ir a la luna. ‘Only in America’, que dicen por allí…

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Una media hora antes de Las Vegas nos quedaba el último plato fuerte del día: la presa Hoover. Cuando se construyó en los años 30 del siglo XX fue un hito de la ingeniería hidráulica, hay decenas de documentales sobre ella y es ejemplo de una gigantesca obra que cambió las condiciones de vida en los estados de los alrededores (su energía eléctrica llegaba inicialmente a alimentar Los Ángeles), junto al nuevo puente O’Callaghan-Tillman por el que ahora discurre la nueva carretera.

La presa tiene una zona visitable y un centro de interpretación e información turística, pero nosotros simplemente paramos en un punto de observación panorámica y entramos en una tienda de souvenirs.

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Ya anocheciendo volvimos al punto de partida, de nuevo nos dejaron en los hoteles y acabamos así una larga jornada en la que habíamos pasado del bullicio de la capital del neón a la inmensidad silenciosa de una de las maravillas naturales que todavía hoy resulta inolvidable y sigue grabado en nuestras retinas. No hay nada igual.

 

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