Hallstatt. El pueblo más bonito del mundo

Al menos eso dice la red social Instagram, que este pueblo escondido entre los Alpes austriacos es el más fotogénico del planeta. Para gustos los colores y el mundo es muy grande, pero podemos afirmar con datos en la mano que es el aplaudido por el mayor número de turistas de todo el mundo. Es fácil quedarse embelesado entre las casas de cuento y las alucinantes montañas que rodean a esta maravilla, hecha a partes iguales por el hombre y por la naturaleza.

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Hallstat fue la quinta parada de nuestra ruta entre Múnich y Viena y su visita duró unas pocas horas, pues su pequeño tamaño permite verlo perfectamente en una excursión de ida y vuelta. Salimos por la mañana de Salzburgo (situada a 1h y 15 minutos), comimos en Hallstatt y cenamos en la imperial capital austriaca (después de otras 3 horas y media de coche).

Se trata de un destino enormemente popular que incluso tiene una réplica en China (de dudoso resultado) pero no es fácil llegar hasta él. De hecho, hasta el siglo XIX era inaccesible por carretera y solo se podía llegar en barco a través de lago que lame sus orillas. Por eso está repleto de pequeños embarcaderos y por eso hubo que construir los túneles que ahora conducen hasta la población a medida que la calzada se va estrechando. Ahora recibe tantos miles de visitantes al año que han prohibido el aparcamiento en el pueblo, excepto que te alojes en alguno de sus hoteles, y todas las señales conducen hacia grandes párkings habilitados en las afueras que son de pago, con tarifas que varían según el tiempo que estaciones.

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Allí dejamos nuestro vehículo, rodeados ya de un paisaje tremendo, y nos enfrentamos al peor enemigo que tuvimos aquel día de mayo: el tiempo. Durante las dos primeras horas nos hizo un día de perros con frío, viento y lluvia muy fuerte. Resultaba imposible detenerse a contemplar nada con tranquilidad y cuando nos atrevíamos a sacar la cámara las imágenes no hacían justicia a lo que teníamos alrededor.

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Aun así atravesamos todo el pueblo hasta su extremo norte para después deshacer nuestro camino y nos fuimos topando con las tiendas típicas de recuerdos, la plaza principal y esas casas encaramadas a la montaña de una forma imposible. Cuando la primavera ofrece su cara más amable, y durante todo el verano, los balcones lucen más todavía repletos de flores, pero no era el caso de aquella mañana gris.IMG_7388 copyIMG_7389 copy

De ahí que tuviéramos que ‘refugiarnos’ en el Museo de Hallstatt, donde se explica de forma detallada y didáctica la cultura prehistórica que lleva el nombre de la localidad. Fue una forma de organización social y económica que se desarrolló entre las edades del Bronce y el Hierro y que se extendió por buena parte de centroeuropa, aunque sus contactos llegaron incluso hasta el Mediterráneo. La entrada al museo cuesta 8 euros por persona y en él se explica también la ancestral vinculación de estas tierras con las minas de sal. Etimológicamente el nombre de Hall probablemente proviene del término céltico con el que se denominaba a este elemento abundante en las entrañas de las montañas que servía para fabricar objetos y también como moneda hasta ser conocida como “el oro blanco”, en un entorno recóndito en el que el mar ni se adivina por estar a cientos de kilómetros.

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Cuando salimos del museo, por fin, la lluvia había cesado y entonces llegó el momento de  recorrer de nuevo con tranquilidad las calles y los rincones que no habíamos podido disfrutar.

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Las nubes comenzaron poco a poco a levantarse sobre el lago y nos dejaron ver las dos torres de las icónicas iglesias o el verde apabullante de los alrededores. Hasta los cisnes salieron a darse una vuelta.

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Desde la terraza de uno de los pocos bares abiertos (el turismo ese día era mínimo y toda la localidad parecía dormida) disfrutamos del paisaje que habíamos venido a buscar. Ese rato sí que fue el esperado y el que nos salvó de lo que podía haber sido un desastre de día.

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Saciada ya nuestra hambre de pueblo alpino, y tras la visita a una pizzería cercana al aparcamiento en la que cumplir con las necesidades más mundanas, todavía nos quedaba la guinda más espectacular: la subida al llamado ‘Hallstatt Skywalk’, un mirador suspendido en el aire sobre el lago y el pueblo al que se accede a través de un teleférico.

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El billete de ida y vuelta cuesta 16 euros por persona (es gratis para periodistas y sus acompañantes), pero si vais en familia hay tarifas especiales (41 para cuatro miembros, por ejemplo) y desde luego merece la pena. Si sois andarines podéis coger solo el billete de subida y descender caminando, aunque advierto que el desnivel es tremendo así que preparad los gemelos.IMG_7470 copy

En la cima, y tras caminar por una pasarela metálica, obtendréis un paisaje que está oficialmente considerado como Patrimonio de la Humanidad. No es para menos. Allí arriba, a 360 metros sobre los tejados de Hallstatt, no solo se aprecia su postal como si fuera una miniatura sino también otras poblaciones cercanas que salpican el lago. Y rodeándolo todo, en un decorado perfecto, los Alpes con sus cumbres nevadas y rocosas cayendo a plomo sobre el agua.IMG_7468 copyIMG_7483 copy

Salvo que el vértigo os paralice no dejéis de asomaros hasta la punta de este paseo por las nubes. Admirad la maravilla que la naturaleza nos ha regalado en este lugar recóndito y maravilloso, porque si a nosotros nos dejó sin respiración en una jornada tan plomiza no quiero ni imaginar cómo será en los días claros del invierno o en los atardeceres luminosos del verano. Para quitar el sentido.
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El mirador está rodeado de un pequeño valle y unas praderas en las que poder hacer picnic o dar un paseo, e incluso si estáis interesados en el tema y disponéis de tiempo suficiente también podéis entrar a una mina de sal visitable que han convertido en un pequeño espectáculo para el visitante. Hay tickets combinados del funicular y la mina, cuyos precios y contenido podéis consultar en este enlace.

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Nosotros teníamos que bajar de nuevo a Hallstatt porque se nos echaba encima la tarde y debíamos coger el coche de nuevo. Aún nos dio tiempo a un pequeño recorrido entre un bonito riachuelo y las casas que rodean el acceso al teleférico. Dejábamos un rincón mágico con pena de que acabase el día, todavía calados y con frío, y con la satisfacción de haber podido apreciar su belleza única.

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Nos esperaba la última etapa. El próximo objetivo era Viena, final de nuestra ruta y esa misma noche al llegar devolveríamos el coche de alquiler, tras llenar el depósito en la gasolinera más cercana para cumplir con las condiciones del contrato.

La visita a la capital austriaca quedaría ya para el día siguiente.

4 comentarios en “Hallstatt. El pueblo más bonito del mundo

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