Innsbruck. Las montañas doradas del Tirol

Es casi imposible hacer una ruta por Austria y no pasar por la capital del Tirol. Innsbruck, literalmente “Puente sobre el Inn”, es desde tiempos de los romanos un enclave estratégico para cruzar los Alpes de norte a sur o para atravesar el valle de este a oeste, y merece una parada para admirar no solo su coqueto centro histórico sino también las espectaculares montañas que la abrazan.

Nosotros estuvimos una noche, procedentes de Neuschswanstein antes de seguir camino hacia Salzburgo. Y como casi todos los turistas entramos a la parte vieja por la Maria Theresien Strasse, un bulevar flanqueado por edificios de colores que conduce a la plaza a la que todos quieren llegar: la del Tejadillo Dorado.

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El Goldenes Dach es el símbolo por excelencia de Innsbruck, corazón de sus callejuelas y escenario perfecto para los macizos nevados que le sirven de fondo.

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En realidad, no es de oro sino que se trata de azulejos cobrizos dorados. Data del año 1500 y conmemora la boda de Maximiliano I con Blanca Maria Sforza. Esta señora era la hija del mandamás del entonces duque de Milán y el señor llegó a ser nada menos que emperador del Sacro Imperio Germánico, así que se trataba del enlace entre dos superpotencias de la época, uniendo el norte de Italia con la Europa Central precisamente en el Tirol que servía de bisagra orográfica. Cuentan que el matrimonio utilizó el balcón para contemplar los bailes, festivales o torneos que tenían lugar en la plaza y ahora el interior del edificio alberga un pequeño museo.

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Junto a la placita del tejadillo hay espectaculares fachadas barrocas y estrechos callejones, y en torno a ella se concentran los cafés y las tiendas de recuerdos para turistas.

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Nuestra visita tuvo lugar en un mes de mayo pero todavía hacía un frío notable y los austriacos demostraron estar bien preparados en sus terrazas (tenían calefactores pero a ello se sumaban unas acogedoras pieles para el cliente), además de un gran sentido del humor respecto a la sorprendente confusión que sufren entre Austria y Australia con los canguros. Que se lo pregunten al exmadridista Raúl Albiol y su legendaria metedura de pata en la Eurocopa de 2008…IMG_7936IMG_7325

A solo un par de pasos del Tejadillo de Oro se abre una zona verde donde ofrecen paseos en carruaje (hasta los animales iban bien abrigados aquí), y donde se sitúan tanto el Palacio Real como la iglesia anexa como recuerdo de una época en la que Innsbruck ejercía orgullosa aunque modesta su capitalidad de esta parte de Austria, bastante alejada y muy distinta a la opulenta Viena.

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El Hofburg es un edificio señorial de la dinastía de los Habsburgo, que por supuesto es visitable pero al que no entramos. Sí que accedimos a la Hofkirche o Iglesia de la Corte, en cuyo interior destaca una espectacular galería de estatuas.

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De nuevo el señor Maximiliano I es el protagonista, con su cenotafio en el medio, puesto que el templo fue construido en su honor por uno de sus nietos. La tumba está rodeada de esculturas en color negro del renacimiento alemán entre las que a cualquier español llamarán la atención las de Fernando el Católico, Juana la Loca y Felipe el Hermoso. ¿Qué hacen allí?

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Pues resulta que, por otro matrimonio en forma de alianza, la hija de los Reyes Católicos acabó casada con el guapo primogénito de Maximiliano I. Ya sabemos que fueron desgraciados, que Juana acabó encerrada y que el hijo de ambos, Carlos, heredó las gigantescas posesiones de la rama germana por un lado y la hispana por otro, incluyendo el Nuevo Mundo americano. Casi nada. Pero ahí están los dos, junto al padre de ella (seguro que la Reina Católica tendrá cierta envidia), en la iglesia más importante de la ciudad donde se casó el abuelo del “Primero de España y Quinto de Alemania”.

FIN DE LA CHAPA HISTÓRICA 🙂

Porque Innsbruck es mucho, muchísimo más, que este importante enclave del imperio austriaco. Es una referencia internacional para los amantes de los deportes de nieve y allí se han celebrado dos Juegos Olímpicos de Invierno, en 1964 y 1976. Tiene a un tiro de piedra el complejo de esquí de Nordkette pero también el trampolín de salto de Bergisel, situado a las afueras de la ciudad y que desde 1925 domina el paisaje, visible desde muchos puntos del casco urbano.

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En mayo ya no quedaba ni un copo allí abajo, pero sí en las alturas del Hafelekar, el pico que con más de 2.300 metros de altitud domina el entorno y al que se puede llegar en un cómodo teleférico.

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Subir al Nordkette aquel día fue cambiar repentinamente de estación. Retroceder en unos minutos de la primavera al puro invierno y es una experiencia absolutamente recomendable para todo aquel que disponga de dos o tres horas en el Tirol. No hace falta mucho más para subir y bajar tranquilamente a las montañas, aunque si se quiere hacer senderismo (o no digamos practicar esquí) se puede emplear una mañana, una tarde o días enteros por estos parajes.

El funicular parte junto al Palacio Real, tiene un coste de 34,50 euros por persona ida y vuelta y cuenta con varias paradas intermedias en las que uno se puede bajar.  En ellas hay un zoo, terrazas panorámicas y senderos de altitud intermedia pero nosotros hicimos todo el recorrido entero hasta la cima situada a 2.256 metros sobre el nivel del mar.IMG_7266

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El paisaje cambia por momentos mientras los oídos se taponan y la ciudad se va quedando pequeña a tus pies. No tuvimos demasiada suerte con las condiciones meteorológicas y las nubes interrumpían la visión en el último tramo, pero aun así fue espectacular contemplar el paisaje desolado desde la cima.

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Al final se llega a un restaurante con terraza donde en los días claros seguro que se disfruta de una buena bebida o un tentempié, pero en nuestro caso estaba ocupada por la nieve recién caída en las últimas horas.

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Si vais preparados, de abrigo o de calzado dependiendo de la época del año, se pueden hacer caminatas o asomarse al pico más cercano que está a apenas 15 minutos. Si no, basta con sentarse a respirar el aire puro de esas alturas, admirar las moles rocosas de los alrededores y dejarse contagiar tranquilamente, durante unos cuantos minutos de reposo, por la energía que siempre desprenden las montañas.

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La subida al Hafelekar fue el broche de oro a nuestra corta estancia en Inssbruck. Los vientos helados de los Alpes nos refrescaron agradablemente el cuerpo y la mente pero el tiempo apremiaba para llegar esa noche hasta Salzburgo.

¡¡Nos esperaba la música como gran protagonista de nuestra siguiente etapa!!

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3 comentarios en “Innsbruck. Las montañas doradas del Tirol

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