Múnich, el motor de Baviera

La capital del sur de Alemania fue el punto de partida de la ruta que a lo largo de una semana nos iba a llevar hasta Viena. Estuvimos solo una tarde y un día pero fue suficiente para apreciar la vitalidad, el poderío económico (medido en porcentaje de cochazos por metro cuadrado) y la cultura de la cerveza del auténtico motor de Baviera.

Los bávaros, habitantes de la región más meridional del país, demuestran un especial orgullo de serlo y su bandera a rombos azules y blancos está presente en multitud de ubicaciones. No existe un movimiento nacionalista tan fuerte como los equivalentes españoles de Cataluña o el País Vasco, pero se saben un territorio rico con lengua, cultura y costumbres propias, y lo demuestran.

Múnich (o München, en alemán) es una gran ciudad de millón y medio de habitantes con un importante aeropuerto al que llegan rutas desde diversos puntos de España. Nosotros volamos desde Bilbao con Lufthansa (vuelo directo) en mayo del año 2014 y nos alojamos en un hotel NH situado junto a la estación de trenes. Fue muy cómodo llegar desde el aeropuerto en tren de cercanías hasta la terminal ferroviaria y allí teníamos también la oficina de alquiler de coches desde la que comenzamos nuestro roadtrip.

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Como tantísimos turistas que llegan por tren, entramos al centro de Múnich por la animada Karlplatz, donde había un montón de alemanes tomando el sol aprovechando el excelente tiempo de aquel día, y por el arco de la antigua muralla que da paso a la Neuhauserstrasse, arteria peatonal flanqueada por casas señoriales que conduce directamente al verdadero corazón muniqués: Marienplatz.

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Esta plaza es mundialmente famosa por el edificio neogótico del siglo XIX que ocupa por completo uno de sus laterales y por su altísima torre con agujas. Pero como ocurre con la Grand Place de Bruselas, no se trata de una iglesia ni de ningún edificio religioso, sino del representante del máximo poder civil: el Ayuntamiento.

Marienplatz no solo es el principal punto de reunión de los visitantes, sino también de los habitantes locales, y no sabíamos que aquella tarde el Bayern de Múnich, el legendario equipo multicampeón de la Bundesliga, jugaba la jornada en la que podía proclamarse matemáticamente campeón. Por supuesto, ganó.

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Algo sospechamos cuando empezamos a ver un reguero de camisetas rojas caminando junto a nosotros, arremolinándose en torno a la plaza y entonando cánticos inconfundiblemente victoriosos aunque no entendiéramos ni una sola palabra. Y como somos futboleros, allí echamos lo poco que nos quedaba de tarde y la noche no sin antes pegar el primer trago a la famosísima cerveza Hofbräu, más suave que las españolas, con menos gas y diría que menos graduación, pero siempre servida en jarras de tamaño industrial.

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El Bayern, histórico rival de mi Real Madrid, había sido eliminado unos días antes de la Champions por el conjunto merengue (que acabaría ganando la Copa al Atleti en la maravillosa final de Lisboa) así que celebré como un teutón más el título de Liga, arengué a los españoles como Javi Martínez cuando salieron al balcón y guardé un respetuoso silencio ante la aparición de Pep Guardiola. O eso creo recordar…

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Se acababa nuestra primera tarde allí y nos fuimos de nuevo al hotel con los himnos gloriosos del Bayern retumbando en nuestras cabezas.

A la mañana siguiente volvimos a Marienplatz, donde ya estaba todo más tranquilo, y pudimos contemplar el espectáculo del carillón que cada hora ofrece un baile de figuras al son de la música. Merece la pena asomarse al claustro interior del Neues Rathaus, cuyo ambiente recuerda a los patios de los colegios ingleses y a la atmósfera de las películas de Harry Potter.

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A pocos metros de Marienplatz encontramos el Ayuntamiento Viejo (dado su pequeño tamaño es comprensible que se proyectara la ampliación de hace 200 años para una ciudad que era la capital del reino bávaro), la catedral de Nuestra Señora (con sus impresionantes torres y su sorprendentemente austero interior), la iglesia de Peterskirche (desde cuya torre se obtiene la mejor panorámica de la ciudad, con diferencia) o Viktualienmarkt (que acoge un mercadillo).

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Panorámica desde lo alto de la iglesia de San Pedro, con las potentes torres gemelas de la Catedral a la izquierda y las agujas del Ayuntamiento a la derecha. (Foto: Stefan Kuhn, Wikimedia Commons)

Otro monumento situado a pocos pasos, entre las estrechas callejuelas del centro, es la cervecería Hofrauhaus, un templo gastronómico-cervecero donde con suerte es posible encontrar sitio en sus mesas de banco corrido para degustar un buen zumo de cebada y un codillo con los que reponer fuerzas. Siempre está repleto y con un montón de turistas sacando fotos por los rincones, pero no por ello deja de tener su encanto, y mucho.

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Un poco más al norte, en la zona donde comienzan los palacios más suntuosos herencia de la época en la que Baviera fue un estado independiente, encontramos la Odeonplatz, cuyo monumento a los ejércitos locales recuerda vivamente a una de las esquinas de la plaza de la Señoría de Florencia.

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La joya verde de la ciudad es el llamado Jardín Inglés (Englischer garten), una gigantesca extensión más grande que el Hyde Park londinense o el Central Park neoyorquino, con praderas y zonas arboladas a la que se llega fácilmente en transporte público y que cuenta con biergarten (jardines cerveceros) icónicos como el de la torre oriental. Ofrece la posibilidad incluso de ‘surfear’ en el río que lo atraviesa y es un lugar habitual de esparcimiento, práctica de deportes y disfrute para los muniqueses.

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La capital bávara cuenta también con importantes museos que reflejan su poderoso pasado (es espectacular la sala renacentista del Residenz, el antiguo palacio real de los reyes de Baviera), pero creo que eso debería ser materia para quienes cuenten con más tiempo en la ciudad.

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Sala Antiquarium del Residenz, el gran Palacio Real (foto: Raphael Fetzer. Wikimedia Commons)

Lo mismo digo sobre el museo de la BMW, que debe de ser impresionante y que a buen seguro encantará a los amantes del motor que dispongan al menos de un par de días, así como el entorno del parque olímpico donde tuvieron lugar los Juegos de 1972 o el Allianz Arena, estadio que comparten el Bayern y el Munich 1860 y que es obra de los arquitectos suizos Herzog y de Meuron.

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Zona de la torre de televisión, el parque olímpico y el museo de la BMW, vistos desde el centro

A nosotros no nos quedaba ya tiempo porque a la mañana siguiente, temprano, debíamos recoger nuestro coche para dirigirnos hacia el castillo de Neuschswanstein y comenzar así nuestro viaje hacia Viena.

 

Quedaron tantas cosas en el tintero que Múnich bien merecerá una nueva visita, quizás para explorar el resto de Baviera porque Alemania siempre es un destino apetecible. Brindemos por ello: PROST !!

5 comentarios en “Múnich, el motor de Baviera

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