Praga. La joya de Bohemia

Ciudad vieja, ciudad nueva. Stare Mesto, Nove Mesto. Una de las capitales más antiguas de Europa, cuna de los reyes de Bohemia, corazón de la República Checa, una urbe en pleno desarrollo con más de 1 millón de habitantes y que se moderniza a pasos agigantados tras la caída del Telón de Acero. Praga tiene fama de estar entre los rincones más bonitos del mundo, su centro histórico es una maravilla, separado en dos partes por el río Moldava con Malastrana a un lado y el casco antiguo en el otro, y siempre tiene un gran ambiente con miles de turistas que llegan atraídos por un decorado de cuento medieval y barroco. Es perfecta para una escapada de fin de semana o para incluirla en una ruta por las vecinas Alemania, Austria o Hungría. Una joyita.

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Fuimos a Praga en enero de 2016 y pasamos allí dos días. La primera mañana entramos a la parte vieja por su lado oriental, por la puerta de la antigua muralla conocida como Torre de la Pólvora puesto que allí se almacenaba este material. Su majestuosa bienvenida te mete de lleno en el estilo de la ciudad con esa piedra ennegrecida y esos tejados oscuros, verticales y coronados de agujas que refuerzan la verticalidad. Por algo Praga es conocida como ‘La Ciudad de las Cien Torres’.

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Desde allí, caminando ya por calles estrechas y reviradas, se llega sin pérdida hasta la plaza de la Ciudad Vieja, presidida por el antiguo ayuntamiento y la  Iglesia de Nuestra Señora de Týn.

Las dos torres de este templo superan los 80 metros de altura y dominan el paisaje desde muchos puntos de la ciudad, pero el verdadero protagonista del entorno es el Reloj Astronómico que presume de ser el más antiguo de Europa.

Su brillo es especialmente bonito en los días claros y su mecanismo, que se activa en las horas en punto, muestra una danza con los 12 apóstoles y las figuras del Turco, la Avaricia, la Vanidad y la Muerte, recordando a los mortales su pequeñez. img_0258.jpg

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Es posible visitar por dentro la Torre del Reloj y lo recomiendo absolutamente. Hay que pagar una pequeña entrada para subir mediante un ascensor pero las vistas desde arriba son espectaculares. Además, tanto en la balconada superior como a lo largo de la bajada hay multitud de carteles explicativos sobre el paisaje que tienes ante tus ojos y sobre la historia del lugar, que como tantos en Praga estuvo marcada en el siglo XX por la ocupación nazi y la Segunda Guerra Mundial. De hecho, una parte del edificio quedó destruido por una bomba y lo que vemos ahora es una reconstrucción.

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La huella de Hitler también se sintió, y mucho, en el barrio judío. Los que profesaban la religión hebrea fueron obligados a marcharse o directamente trasladados a los campos de concentración pero quedaron las sinagogas y un cementerio sobrecogedor.
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Es impresionante la cantidad de tumbas que pueden acumularse, unas sobre otras, apiñadas como testigos de una convivencia durante siglos con el cristianismo hasta que el guetto fue desmantelado. El camposanto ejerce de jardín interior entre varias manzanas y debe recorrerse siguiendo un camino bien señalizado pero hay que pagar una entrada por verlo. Se puede optar por un ticket completo para ver más sinagogas o limitarse a la llamada Pinkas, por la que accedimos nosotros, y en cuyas paredes se escribieron en los años 90 los nombres de 80.000 judíos asesinados por el III Reich.

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Junto a la llamada ‘Sinagoga Española’, llamada así por su estilo morisco (es la de decoración más rica) nos topamos con una estatua de Franz Kafka. El autor de La Metamorfosis es otro de los símbolos praguenses y cuenta con su propio museo en Malastrana.

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Tras una mañana intensa había que reponer fuerzas. Nos topamos con un Hard Rock Café muy cerca de la Plaza de la Ciudad Vieja en cuyo interior había una gigantesca lámpara con forma de guitarra… y allí caímos.

Además de la gastronomía típica checa (similar a la del resto del este de Europa con platos fuertes, contundentes y calóricos, además de los omnipresentes dulces Trdelník que son una especie de donuts alargados y en ocasiones rellenos) lo imprescindible es la cerveza. Los lugareños presumen tanto de ella como los alemanes o los belgas.

El entramado de preciosas calles que baja desde la plaza hacia el río te lleva de cabeza al Puente de Carlos. Construido en el siglo XIV es el símbolo de la ciudad, su lugar más icónico y en el que confluyen todos los visitantes. Su hilera de 30 estatuas de temática religiosa enmarcan los edificios señoriales y las torres que se apiñan en uno y otro extremo. Es especialmente bonito al amanecer y al anochecer, cuando la luz aporta al lugar un toque mágico entre siniestro, melancólico y señorial.

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Antes de que cayera la noche tomamos un pequeño crucero fluvial de alrededor de una hora de duración, otro de los ‘must’ en Praga. El frío ya nos había calado hasta los huesos y desde el barco, con calor y un café a bordo, pudimos apreciar la historia y las curiosidades de los edificios que escoltan ambas orillas.

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Al día siguiente el protagonista era el Castillo, la gigantesca fortaleza de la ciudad que es el recinto más grande en su tipo en toda Europa. Para llegar hasta él tomamos un tranvía, medio siempre eficiente y cómodo, pero cuidado con el idioma. El checo no es precisamente fácil y los pocos a los que tuvimos que preguntar no fueron especialmente amables. El carácter eslavo (fueron muchos años de ocupación rusa) se nota por esas tierras.

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El castillo es toda una ciudadela enorme en la que es posible pasar varias horas. Incluye la gran Catedral de San Vito, varios palacios y el llamado Callejón de Oro, un pequeño espacio donde se reconstruye la antigua vida de los habitantes de la fortaleza. Hay varios tipos de entradas y sus correspondientes precios, dependiendo de vuestros intereses y disponibilidad de tiempo. IMG_0354

Una de las mejoras cosas de subir hasta allí son las vistas que se obtiene sobre toda la ciudad. No en vano era el lugar de defensa del río Moldava y por tanto de toda la región situada en los alrededores, y ahora se asoma sobre Malastrana, sus iglesias y edificios barrocos.

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Las calles principales de este último barrio son una auténtica preciosidad y merece mucho la pena recorrerlas sin prisas, bajando poco a poco desde las murallas superiores hasta regresar al puente de Carlos en su extremo contrario al de la Ciudad Vieja.

 

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De nuevo en la margen derecha, nos fuimos a buscar otro icono de la ciudad, la llamada Casa Danzante. Esta obra de Frank Ghery (el mismo arquitecto del Museo Guggenheim) en colaboración con el checo Vlado Milunić es propiedad de Nationale Nederlanden y convive con los edificios clásicos de los alrededores sorprendentemente bien. Recuerda, en efecto, a una pareja de bailarines y por eso se la conoce también como ‘Fred Astaire y Ginger Rogers’. Aunque está retirada del centro histórico siempre habrá algún turista inmortalizándola porque es indudablemente fotogénica.IMG_0400

Se acababa nuestro segundo y último día en Praga aunque todavía pudimos dar un paseo de despedida por las encantadoras calles que comunican la plaza Wenceslao de regreso a la de la Ciudad Vieja. Más palacios, más rincones escondidos, más torres, más testigos de los años de esplendor.IMG_0327

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Si os gustan ese tipo de espectáculos, otra actividad típica en Praga es contemplar el Teatro Negro. Nosotros lo dejamos para una próxima ocasión, porque seguro que habrá una nueva visita a la capital más bohemia de Centroeuropa.

 

DATOS Y CONSEJOS PRÁCTICOS:

Llegamos volando desde Madrid con Czech Airlines. La capital checa es el único sitio en Europa del que he leído reiterados comentarios alertando sobre los peligros de taxistas timadores así que decidimos coger un transfer privado puesto que el transporte público desde el aeropuerto al centro nos pareció incómodo e implica, sí o sí, hacer transbordo entre autobús y metro con lo que eso supone moviendo maletas.

Nos hospedamos en el Hotel Unic Prague, situado a las puertas del centro histórico, con un precio muy razonable al ser temporada baja y que nos dejó un gran recuerdo por tener, probablemente, el mejor y más completo desayuno que hasta ahora hemos conocido.

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La República Checa forma parte de la Unión Europea pero tiene su propia moneda, la corona. Fue un viaje que apenas preparamos y no llevábamos moneda cambiada, así que hicimos un intento en una oficina en Barajas. Ni hablar. El tipo de cambio con el euro estaba totalmente desorbitado así que optamos por cambiar en el aeropuerto Vaclav Havel, nada más aterrizar. Mucho mejor.

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