Los Ángeles, la ciudad de las estrellas (Dos Mil Millas por la Costa Oeste XI… y último)

Dos semanas después, 2.000 millas más tarde, llegábamos a la ciudad de destino de nuestra ruta por la Costa Oeste de Estados Unidos. Y el final no podía ser otro que Los Ángeles, la Meca del Cine y la de cualquier visitante que se acerque al sur de California.  No es especialmente bonita pero tiene mucho encanto y no hace falta ser especialmente cinéfilo para disfrutarla. Es la City of Stars.

Penetramos a la gigantesca zona metropolitana, que suma entre 13 y 18 millones de habitantes dependiendo del radio que consideremos, por su extremo noroccidental. Veníamos del Big Sur, en coche, y por supuesto que nos comimos un enorme atasco. Las aglomeraciones son legendarias en L.A. y no hay más que ver el arranque de la película ‘La La Land’, un canto de amor a esta ciudad, para darse cuenta de que los angelinos lo llevan en la sangre. No pitan demasiado. Se relajan, beben, comen, se afeitan, se peinan, se maquillan, leen y escuchan música mientras aguardan pacientes a que el coche de delante se mueva unos metros.

Superado el tapón atravesamos la ciudad de norte a sur y aparcamos en un estacionamiento público, bastante barato por cierto, junto a un mito de las carreteras: el muelle de Santa Mónica.

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Allí acaba la Ruta 66, que nosotros habíamos recorrido una semana antes en su tramo más pintoresco, y al contemplar la señal de “Fin de trayecto” uno siente la satisfacción del deber cumplido, la alegría de llegar a la última etapa sin sobresaltos y con la guinda al pastel que supone pasear por las tablas de madera, asomarse a sus chiringuitos y meter los pies (o lo que apetezca dependiendo de la temperatura) en la inmensidad del Océano Pacífico.

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La playa de Santa Mónica, una interminable extensión de arena, sale mencionada en cientos de películas y es la localización de la mítica ‘Los vigilantes de la playa’. Ciertamente allí están las casetas de los socorristas, perfectas para colocarlas de fondo de atardeceres, y a su alrededor hay bañistas de todo tipo. Por supuesto, los de cuerpo escultural y bronceado permanente a base de sufridas horas de sol, pero también hay un montón de familias que van a pasar allí un rato de diversión como el que va a Salou, Benidorm o Punta Umbría.

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Al muelle llegamos por la tarde y nos costó un rato adaptarnos a la asfixiante humedad que todavía castigaba aunque fuera mediados de octubre, pero un granizado y un paseo por los alrededores después ya estábamos aclimatados y nos fuimos a cenar a la 3rd Street, una calle peatonal plagada de tiendas y restaurantes situada junto al centro comercial Santa Monica Place donde habíamos dejado el coche. Tocaba recuperar fuerzas para el día después, que sería el primero al completo en Los Ángeles.

La mañana siguiente era la de los topicazos. A saber, Beverly Hills y Hollywood. Pese a estar en una ciudad dotada de transporte público no habíamos dejado el coche y sin duda que no nos arrepentimos, porque tener tu propio modo de desplazamiento te permite una libertad absoluta así que ahí queda el consejo: en L.A., siempre en vehículo particular.

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Nuestro hotel estaba en Santa Monica, que es un municipio distinto al angelino, pero la comunicación con Hollywood no suele estar muy congestionada y en 15-20 minutos estábamos junto a Rodeo Drive. Allí hicimos la catetada de entrar, por equivocación, en un párking que daba miedo verlo por su lujo y sofisticación. Había centros con plantas en las rampas de bajada a los sótanos, no digo más, y al terminar el descenso un amable chófer se ofreció a aparcarme el coche. Rápidamente los dos entendimos que aquel no era mi sitio y me dejó salir muy amablemente sin cobrarme. El aparcamiento que previamente había localizado en Google Maps estaba en la manzana siguiente y costaba 10 veces menos, pero nadie hizo las maniobras por mí…

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Rodeo Drive es uno de los rincones más bonitos de Los Ángeles aunque no esté a la altura de los bolsillos de los mortales. Rodeado de boutiques de súper lujo, es un pequeño paseo cerrado al tráfico situado frente al hotel Beverly Wilshire, archifamoso por ser donde Richard Gere y Julia Roberts se alojan en Pretty Woman.

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Tras un pequeño paseo por allí volvimos al coche para digirnos al The Beverly Hills Hotel, parada fotográfica que se puede hacer cómodamente aparcando en alguna de las calles de los alrededores. Y desde allí vagamos sin rumbo por las calles situadas detrás del establecimiento. Otro mundo. Qué casas, menudas mansiones. Allí viven un montón de famosos que te explican en las excursiones pero como nosotros íbamos por libre no sabíamos de sus moradores pero nos conformamos con alucinar de los jardines, los muros y los casoplones que eran visibles. El planeta Beverly Hills donde viven aquellos ricachones marcianos.

Desde allí bajamos literal y metafóricamente a la zona de la gente normal, donde se apiñan los turistas y a la que todos vamos cuando visitamos la Ciudad de las Estrellas: el Paseo de la Fama. Para aparcar utilizamos otro centro comercial, en esta ocasión el Hollywood/Hihgland, que es un espectáculo en sí mismo por su inmensidad y por su patio central desde el que se contempla una muy buena vista del cartelón de letras blancas famoso en todo el planeta.

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A dos pasos se encuentra El Capitan Theater, el Kodak Theatre, el Roosevelt Hotel, el Chinese Theater o el Egyptian, todos ellos recuerdos de los años dorados del celuloide. Algunos están de capa caída y han perdido el glamour pero el Kodak (ahora Dolby) sigue siendo la sede de la entrega de los Oscars.

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En ese paseo es donde se encuentran las estrellas rosas de cinco puntas con los nombres de los más famosos de la historia en cine, música o espectáculos. Allí cada uno busca a sus ídolos, se fotografía con la placa y en las puerta del Chinese puede buscar incluso las huellas de manos y pies de algunos de ellos.

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Por allí pululan miles de visitantes cada día y entre ellos unos cuantos frikis, enamorados empedernidos del Séptimo Arte, estatuas vivientes, pícaros en busca de unos dólares a cambio de una foto y personajes curiosos varios.

Desde Hollywood/Highland se obtiene una panorámica de la señal más famosa del mundo. No se puede llegar hasta sus pies porque está vallada por los cuatro costados y el acceso está penalizado, pero para acercarse lo más posible es necesario serpentear durante una media hora, colina arriba por calles imposibles, hasta llegar al final de Mullholand Highway. Se trata de un lugar bastante desconocido porque está verdaderamente lejos así que probablemente tendréis la suerte de estar solos (o casi) a los pies del enorme letrero que se colocó en 1923 para promocionar una urbanización en aquellos parajes y que ha llegado a convertirse en el símbolo universal de Los Ángeles, el cine y medio Estados Unidos.

Desde allí, esta vez ladera abajo superando pendientes y curvas, llegamos a ver la puesta de sol en el Observatorio Griffith. Allí hay un planetario, un pequeño museo, una tienda y un café, pero sobre todo el sobrecogedor paisaje de la inmensidad urbana. Todo Los Ángeles queda a tus pies desde la terraza posterior del edificio, con los rascacielos del downtown a lo lejos y un mar de casas bajas desde las montañas hasta el mar.

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Merece muchísimo la pena subir hasta este sitio, ideal para acabar el día, relajarse y tomar conciencia del crecimiento inabarcable de lo que un día fue “El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río de Porciúncula“, fundado (cómo no) por españoles en el siglo XVIII tomando como base la herencia de la red de misiones de Fray Junípero Serra.

Ese pueblo fue, precisamente, nuestra primera visita en la última mañana que pasamos en L.A. Para llegar a él, esta vez sí, nos comimos un atasco importante y tardamos más de una hora en llegar desde Santa Mónica, pero es que hablamos de que El Pueblo está a los pies del centro financiero donde se apelotonan los rascacielos y donde decenas de miles de oficinistas van a trabajar todos los días.

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Allí, entre la calle Olvera y la Union Station, uno parece estar más en México que en Estados Unidos. Los edificios son de estilo colonial, todos los carteles están en español, los rasgos de quienes regentan las tiendas y compran en ella son inconfundiblemente indígenas y hablan con marcado acento azteca. No es de extrañar que, pocos días antes de Halloween, aquello estuviera repleto de máscaras preparadas para el Día de Muertos mezcladas con las siempre inquietantes de la lucha libre.

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En Olvera Street se puede visitar la Ávila House, el edificio más antiguo de Los Ángeles, y a su alrededor hay un templete como los de cualquier parque español, estatuas del rey Carlos III y del padre Junípero Serra por si quedara alguna duda de que la huella hispana fue fundamental en el nacimiento de esta población.

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Antes de tomar el avión de regreso todavía tuvimos tiempo de asomarnos a Venice Beach, pero fue la gran (y única) decepción en la Ciudad de las Estrellas. O no encontramos bien la zona de aparcamiento o coincidió que era una aburrida mañana de un día laborable, pero el caso es que no le vimos la gracia ni el interés a una playa más rodeada de casitas y un paseo para personas, mascotas, bicicletas y patines. Para playa, mucho mejor Santa Mónica.

Desde allí el gigantesco aeropuerto internacional LAX se encuentra bastante cerca y dejamos el coche de alquiler en un edificio situado a pocas manzanas en el que tienen su base de operaciones . El proceso de entrega fue rapidísimo y bien sencillo, solo hay que ocuparse de no dejarse nada olvidado en el vehículo y de montar en el autobús lanzadera que te lleva hasta tu terminal.

Pocas horas después cogimos un vuelo de 11 horas que nos llevaba directos a Madrid. Terminábamos así un viaje maravilloso, una de las grandes rutas del mundo, que nos había llevado a Las Vegas, San Francisco y Los Ángeles, el desierto mágico de Monument Valley, la leyenda de la Ruta 66, los árboles gigantes del parque de las Secuoyas o el precioso Big Sur.

Es muy difícil, por no decir imposible, igualar los paisajes y las ciudades que ofrece la Costa Oeste de Estados Unidos. Por eso será un viaje que estará para siempre grabado en nuestra mente y nuestro corazón. Ojalá podamos repetirlo 🙂

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PD: Nuestra visita a Los Ángeles incluyó también un día en el parque de atracciones Universal Studios, que recomendamos encarecidamente para pasar una jornada muy divertida pero que será objeto de otro post especial sobre este parque de atracciones y su homónimo de Orlando (Florida).

 

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