Playas de Normandía. El desembarco que cambió la historia

Imaginemos la escena. Un soldado alemán, joven e inexperto, destinado en una de las garitas de vigilancia de la costa atlántica de Francia mata el tiempo como puede, con la vista pendiente del horizonte. Sus jefes se han ido a Berlín (como Rommel, que tenía el cumpleaños de su mujer) o a alguna de las ciudades del entorno porque sus informaciones de inteligencia y meteorología les indicaban que era muy improbable el desembarco aliado que todos temían. Aquella debía ser una aburrida guardia más. Pero en la madrugada del 6 de junio de 1944, ante sus ojos aterrorizados, el cielo se llenó de aviones, el mar se cubrió de barcos y cientos de miles de soldados llegaron a la costa.

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Acantilados de Utah Beach desde el Pointe du Hoc

El mayor desembarco jamás visto tuvo lugar hace ahora 73 años y varios de aquellos lugares se conservan tal cual quedaron, o bien han sido reconstruidos y preparados para honrar la memoria de quienes liberaron Europa del yugo nazi, porque allí comenzó la batalla final de la Segunda Guerra Mundial (que aún tardaría casi un año en finalizar en el Viejo Continente). Las playas de Normandía, en el norte de Francia, son un paraíso para los amantes de la historia.

El área en el que desembarcaron los aliados tiene unos 40 kilómetros de longitud en línea recta, entre las localidades de Sainte-Marie-du-Mont (en su extremo occidental) y Caen (al este). Los ejércitos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá, apoyados también por unidades belgas y polacas, denominaron las enormes playas del entorno a las que debían llegar con nombres en clave: Utah, Omaha, Juno, Sword y Gold. Hoy esos nombres permanecen y siguen bautizando lugares con enorme peso histórico.

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La visita a las playas de Normandía es cita obligada para quienes están interesados en las hazañas bélicas, así que se han convertido en un lugar turístico. No esperéis estar solos. Pese a la gran extensión del territorio, al menos en temporada alta siempre habrá una pequeña pero tranquila procesión de vehículos y personas recorriendo escenarios míticos. Muchos de ellos, por cierto, británicos y estadounidenses que quieren visitar el lugar donde sus padres o abuelos pelearon y se dejaron la vida. Por eso en esta zona de Francia, al contrario de lo que sucede en casi todo el resto del país, entenderse en inglés resulta sencillo.

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De hecho, el Gobierno de los Estados Unidos financió y mantiene varias de las instalaciones y costea con su presupuesto el recuerdo a sus caídos, así que hay multitud de carteles e indicaciones en su idioma. En eso de honrar a sus héroes, sin duda, hay mucho que aprender de los norteamericanos.

Nosotros llegamos a Normandía procedentes del sur, desde el Mont Saint Michel, en apenas una hora y media, y teníamos solo un día para ver el entorno. Hay quien se pasa dos o tres jornadas recorriéndolo con detenimiento y muchos viajan desde París (alrededor de tres horas por carretera), así que la organización dependerá de vuestra disponibilidad y ganas de conocer esta zona.

Nuestra primera parada fue el Pointe du Hoc, perfecto como toma de contacto con el terreno. Es un saliente en la costa, que divide las playas de Omaha y Utah, y en este lugar los alemanes habían colocado multitud de baterías para controlarlas. Por eso allí los rangers del ejército de EEUU se emplearon a fondo. Tuvieron que escalar los acantilados que luego han sido mitificados en infinidad de películas y llegar hasta los búnkeres de hormigón para inutilizarlos. Su acción logró salvar cientos o miles de vidas humanas, y por eso allí se les recuerda con especial intensidad.

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Tras dejar el coche en un gran aparcamiento junto al cual hay un pequeño edificio con baños públicos, la visita se realiza caminando por senderos muy bien señalizados y salpicados de carteles explicativos. No faltan ni el monumento conmemorativo, ni los tremendos cráteres dejados por las bombas, ni las historias personalizadas que recuerdan a algunos de los implicados en el asalto al Pointe du Hoc, además de un par de nidos de ametralladoras y cañones alemanes de los que apuntaban directamente a las playas. El recorrido, realizado con tranquilidad, puede llevar entre 1 hora y 1 hora y media.

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Desde allí tomamos la carretera que va pegada a la costa aunque desde ella no se divisa el mar y atravesamos los pequeños pueblos, todos con el apellido ‘Sur Mere’, que fueron los primeros liberados por los aliados tras su desembarco. Todos están salpicados de banderas estadounidenses y británicas, de rotondas conmemorativas y de pequeños museos más o menos amateurs.

En apenas 15 minutos se llega a la playa de Omaha Beach, el gran epicentro del llamado ‘D-Day’. Allí se desarrolló la batalla más sangrienta por las difíciles condiciones de la playa y fue donde llegaron las tropas en películas como ‘Salvar al Soldado Ryan’ o en la magnífica serie ‘Hermanos de Sangre’. En su entrada más oriental, junto a Vierville sur Mer y a un pequeño monumento en recuerdo de los soldados americanos, se encuentra el Logis Hotel du Casino, que además de habitaciones también cuenta con un restaurante con terraza.

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El sitio no vale gran cosa desde el punto de vista gastronómico, pero es un lugar histórico que ya aparecía en algunas de las fotos del desembarco en 1944 y que exhibe en una de las paredes una carta de Eisenhower dándoles las gracias por un pastel navideño además de muchas imágenes históricas enmarcadas y retratos del expresidente norteamericano o de Winston Churchill.

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En Omaha desembarcaron, solo el primer día, más de 40.000 soldados y allí perdieron la vida 3.000. Por eso es el lugar más emblemático para los recuerdos de la hazaña bélica y por eso allí, coincidiendo con el 70 aniversario de la batalla, se colocó el Monumento a Les Braves, una estructura metálica compuesta por varias piezas que se integra con la arena y con el mar, y que queda prácticamente bañada por las aguas cuando hay marea alta.

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Junto a ella, otra escultura de piedra recuerda una vez más a quienes lucharon por la libertad aquellos días y, a sus pies, un pequeño reguero de fotos, flores y recuerdos añade emoción al lugar al pensar que habrán sido depositados por familiares y amigos de aquellos héroes anónimos. A escasos metros hay, además, unos cuantos paneles con fotos antiguas que cuentan cómo era ese lugar antes y después de la guerra, cómo pasó de ser un sitio habitual de veraneo a quedar abandonado y su regeneración posterior.

 

La reflexión a la que invita el entorno llega a su culmen en el Cementerio Americano de Coleville sur Mer, un poco más al este y todavía enfrente de la larguísima playa de Omaha. Allí descansan los restos de más de 9.000 personas que perdieron la vida durante la Segunda Guerra Mundial, algunas bien avanzado el año 1945 así que no solo están los caídos en el desembarco.

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El mar de cruces blancas (o estrellas, en el caso de los judíos) se confunde en el horizonte con el océano atlántico y todo ello en un entorno propio de los cementerios estadounidenses, más concebidos como un lugar de paseo y recuerdo y alejados de los tintes tétricos de nuestros camposantos.

 

La visita al cementerio puede prolongarse más de una hora, dependiendo de vuestro ritmo, y ha de tenerse en cuenta que incluso en pleno verano, cuando anochece más allá de las 22 horas, cierra a las 18. No se entiende desde el punto de vista del español, pero es así.

Casi todos los pueblos y ciudades de esta zona de Normandía cuentan con museos conmemorativos. Hay muchos y es difícil elegir si se dispone de poco tiempo. Nosotros, por las referencias que habíamos leído y por la buena impresión que nos dio su página web, elegimos el Overlord Museum, uno de los últimos en abrir. Se encuentra junto a la rotonda de la carretera que da acceso al cementerio y no tiene pérdida por los dos enormes tanques colocados junto a su puerta.

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En su interior, además de multitud de objetos de la época, explican no solo el desembarco sino que realizan una introducción previa del ascenso del nazismo y la declaración de la guerra en Europa, analizan por supuesto lo ocurrido en Junio del 44 y continúan con lo que pasó en los meses posteriores hasta que concluyó la Operación Overlord, el nombre en clave de este complejísimo proyecto militar. 

 

Cuenta con reproducciones a escala real de soldados, maquinaria, vehículos y lanchas de desembarque, e incluye también el punto de vista alemán (algo no muy habitual) pues también cuenta con equipamiento del ejército del III Reich. En cualquier museo que se precie no puede faltar una tienda, pero la del Overlord es especialmente destacable. Además del típico marketing para turistas había una gran cantidad de libros de temática ‘normanda’, algunos verdaderamente notables y con fotografías históricas de mucha calidad.

La visita al corazón de las playas acabó allí, pero todavía era media tarde y aún teníamos tiempo para algo más. Dudamos sobre si acercarnos a las baterías alemanas de Longues sur Mer, restos espectaculares de estos monstruos de guerra, pero en su lugar decidimos ver aunque fuera rápidamente el centro de Bayeux, una de las principales localidades de la comarca. De camino nos topamos con la bonita iglesia de Coleville sur Mer, arrasada durante los bombardeos y ahora reconstruida con una fotografía delante que ayuda a no olvidar lo ocurrido hace más de 7 décadas.

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La espectacular catedral de Bayeux

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El cansancio y los kilómetros hacía mella (nos parecía mentira que esa mañana hubiéramos salido del Mont Saint Michel) así que el paso por Bayeux fue fugaz. Aun así todavía nos dio tiempo a aparcar en las calles del centro y a ver por dentro y por fuera su bonita catedral, decorada especialmente para la fiesta del 14 de Julio que tenía lugar al día siguiente.

Teníamos allí el alojamiento, a las afueras, y tras unas cuantas rotondas y de nuevo banderas americanas, británicas y canadienses por doquier finalizamos una jornada muy emotiva, apasionante para los amantes de la historia y con la sensación de haber sido testigos directos de un lugar especial por lo que allí ocurrió y por lo que significa para nuestro presente. En esas playas empezó a reconstruirse buena parte de lo que ahora somos. No deberíamos olvidar cómo ocurrió.

 

 

 

 

 

 

 

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