Guimarães y Braga. Dos complementos de Oporto

La visita a Oporto, en la que pueden emplearse perfectamente dos o tres días (dependiendo de vuestro interés museístico o vinícola) tiene a pocos kilómetros estupendos complementos para ampliarla. Al sur está Aveiro, la que llaman ‘Venecia portuguesa’ con sus barcas tradicionales y sus casas de colores entre canales. Y al norte, más a mano para los que viajamos desde la mitad superior de España (sobre todo pensando en aquellos que lleguen en coche) están las ciudades de Braga y Guimarães.

Las dos presumen de un gran poso histórico y cultural, referencias de esas tierras verdes, entre colinas y valles, donde surgió la nación portuguesa en la Edad Media.

Están a unos 45 minutos en coche de Oporto (hay transporte público que tarda una hora y cuarto más o menos) y la distancia entre ellas es de unos 20 minutos. Por eso son perfectas para pasar un día o día y medio visitando ambas.

Nosotros aprovechamos la ruta para conocerlas antes de llegar a la reina del Douro. Fue un paso fugaz por Guimarães, y en Braga elegimos el santuario del Bom Jesus do Monte en lugar de adentrarnos en sus calles, pero en ambos casos mereció mucho la pena.

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Guimarães es una pequeña localidad, nombrada Patrimonio de la Humanidad, que un día fue capital del reino lusitano y que presume, con un gran cartel en su propia muralla, del “Aquí nasceu Portugal” que no deja lugar a dudas. Precisamente su recinto amurallado marca los límites del casco viejo donde una sucesión de calles y plazas conduce al paseante, casi sin quererlo, por los rincones más pintorescos.

Especialmente resultona es el Largo da Oliveira, que en un extremo presenta unos arcos de piedra con acceso directo a la plaza de Santiago y que en el otro muestra el ‘Padrón del Salado’, un monumento conmemorativo gótico en recuerdo de la batalla del Salado ganada por las tropas portuguesas a los árabes en 1340 durante los tiempos de la reconquista de la Península Ibérica.

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Extramuros, pero bien visible desde el lienzo sur de la muralla, el templo de Nuestra Señora de la Consolación queda enmarcado por unos bonitos jardines. Su panorámica es una de las fotos más reconocibles de Guimarães aunque dudo que haya muchos visitantes que se acerquen hasta su interior. Es más bien un magnífico decorado a cuyo fondo puede divisarse el teleférico de Penha.

Este santuario, ubicado en la cima de un monte cercano, domina las vistas sobre Guimaraes y su comarca y ofrece una variedad de rutas de senderismo y zonas verdes propicias para pasar incluso un día entero por allí arriba, pero nosotros estábamos de paso y no lo conocimos.

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Jardines de la iglesia de la Consolación. En la colina del fondo se intuye el santuario da Pena y el teleférico que asciende hasta ella

En su lugar completamos el paseo por Guimarães saliendo de la muralla hacia el norte. Si la ciudad en sí ya merece la pena, las dos verdaderas joyas están en su antigua periferia: el castillo y el palacio de los duques de Bragança.

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Los dos conforman un conjunto donde se aprecia el antiguo poder civil de la ciudad. Son visitables con entrada común o por separado y si se entra en ambos y se recorren con tranquilidad pueden llevar dos o tres horas.

El palacio, restaurado recientemente tras décadas de abandono, fue construido en el siglo XV y sus chimeneas recuerdan a los castillos franceses. En el interior hay un patio medieval donde en temporada alta se desarrollan pequeñas representaciones teatrales y valiosos tapices. A las puertas se erige una gran estatua en recuerdo de Alfonso Henriques, primer rey de Portugal y símbolo patrio.

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A pocos pasos, en la parte más alta de los jardines que rodean al edificio, se levanta el castillo del siglo XI. Hasta hace muy poco estaba casi ruinoso y tenía entrada libre, pero tras un buen lavado de cara para garantizar la seguridad y comodidad de los visitantes ha pasado a ser de pago. Lo mejor son las vistas que desde él se tienen del propio palacio y del entorno.

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Entre las almenas defensivas y las chimeneas decorativas encontramos una tercera pieza de este conjunto: la pequeña ermita de San Miguel, donde cuentan que fue bautizado Alfonso Henriques y cuyo interior puede recorrerse sin pisar la parte central, repleta de enterramientos.

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En Guimarães, por supuesto, hay multitud de establecimientos tradicionales donde poder comer recetas portuguesas pero nosotros habíamos leído sobre una hamburguesería especialmente valorada por los internautas y nos decidimos por ella. No nos equivocamos.

Llamada Dan’s, es un pequeño establecimiento de decoración moderna y camareros hipster cuya carta no es especialmente variada pero sí muy rica. Recomendables las brochetas de gamba con bacon, y todo servido con la habitual buena atención y amabilidad de los portugueses. Por supuesto, como casi todo el mundo por allí, hablan o chapurrean español.

 

Era media tarde cuando dejamos Guimarães pero aún nos daba tiempo a conocer una de las maravillas de Portugal, presente en todas las guías e icono del país: la iglesia de Bom Jesus do Monte, a las afueras de Braga.

Como su propio nombre indica, este lugar de peregrinación corona otro promontorio de los que abundan en el paisaje de esta zona que recuerda a Galicia, Asturias o Cantabria, y a él se llega tras ascender por una revirada carretera. Quienes lleguen en tren o en autobús a Braga tienen una línea de bus urbano para acercarse al santuario, y quienes vayan en coche propio pueden dejarlo al pie mismo del recinto.

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Desde allí hay tres opciones: subir y bajar andando, comprar un billete para el funicular de ida y vuelta (construido a finales del siglo XIX) o usar solo este medio de transporte para uno de los trayectos. Afrontar los numerosísimos escalones que salvan más de 100 metros de desnivel es una tarea exigente para las piernas y el corazón, pero puede hacerse con tantos descansos como uno quiera para admirar esta escalera convertida en obra de arte. 

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La escalinata, de hecho, es el elemento icónico del Bom Jesús. Distribuida en diversos tramos en zigzag, con las paredes pintadas de un blanco inmaculado, está salpicada de figuras de santos y personajes bíblicos que conforman un recorrido con sentido religioso y de penitencia, a modo de Vía Crucis hasta llegar a la iglesia situada en la cima, de estilo barroco (siglo XVIII) y en cuyo altar mayor se representa la crucifixión de Cristo.

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Junto a ella encontramos un hotel, un restaurante, varios quioscos donde tomar un aperitivo o un refrigerio y una pequeña cueva de la que mana agua procedente del interior de la montaña. Se puede entrar un par de metros en ella, y aunque solo sea mínima esa exploración siempre gusta a niños y mayores. Los pequeños se divierten pensando que están en un lugar mágico y los adultos obtienen una nueva perspectiva desde el interior arropados por la gruta y las constantes gotas cayendo sobre ella.

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Al menos en primavera, el entorno se embellece todavía más con las flores que salpican los cuidados jardines del entorno. Con buen tiempo, desde luego, resulta espectacular sentarse a tomar un helado, un café o un refresco mientras va cayendo la tarde sobre la ciudad de Braga, que queda a los pies del visitante, y el sol ilumina directamente la escalera del Bom Jesus.

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Esa hora, la del atardecer, es la más recomendable para conocer el santuario. Si estáis por Oporto o vais de camino y tenéis la oportunidad, no os lo perdáis. Es una de las postales más bonitas de nuestro país vecino.

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