Berlín. Las heridas de la historia (I)

Ninguna ciudad en el mundo vivió tan intensamente el siglo XX. Creyó haber ganado dos guerras mundiales y luego las perdió, fue la capital del horror y luego de la humillación. Vivió casi 30 años partida por la mitad y finalmente, cuando sus habitantes pudieron reencontrarse, volvió a ser la gran capital de la mayor potencia de Europa y se preparó para reconstruir sus heridas y lanzarse de lleno a la modernidad. Berlín es una gigantesca lección para aprender de nuestro pasado, pero también una bonita ciudad para disfrutar de sus nuevos y viejos encantos.

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Visitarla es una experiencia extraordinaria para los amantes de la historia. Cuenta con museos impresionantes que albergan tesoros desde la antigüedad hasta nuestros días, en sus calles se soñó con la gran Alemania desde el siglo XIX, allí tenía Adolf Hitler su búnker y sus delirios de grandeza, existe un campo de concentración muy cercano que ayuda a no olvidar los horrores del Holocausto, los aliados la arrasaron por completo, la trocearon y después la dictadura comunista de la RDA la dividió durante los años de la Guerra Fría. En ella empezó a caer el Telón de Acero y volvió a la senda pacífica y de unidad. Pero si esto fuera poco, en los últimos 30 años se ha convertido en una ciudad dinámica, con arquitectura de vanguardia y en un lugar de oportunidades, corazón de la llamada “locomotora europea”.

La capital alemana tiene múltiples conexiones directas con aeropuertos españoles así que el transporte es sencillo de encontrar y asequible. Además, y pese a ser la cabeza del país más rico es sorprendentemente barata, mucho más que París, Londres, Roma, Madrid o Barcelona. Y bien merece una escapada de al menos tres días para disfrutar de todo lo que tiene que ofrecer.

Yo la conocí a mediados de diciembre de 2010 y, como muestran las imágenes, con un frío notable. Estuvimos constantemente a temperaturas bajo cero, con nevadas intermitentes y se hacía de noche a las 4 de la tarde. Tuvimos la suerte de disfrutar de los preciosos mercadillos navideños alemanes, pero quien la ha visitado en primavera o verano habla maravillas de sus estupendas zonas verdes. Cada época tiene su encanto.

La zona central, donde se encuentran los atractivos turísticos, no es muy grande. Caminando o con el metro se llega fácilmente a los puntos clave. Y el primero de ellos tiene que ser, cómo no, la Puerta de Brandenburgo.

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Este antiguo paso de entrada a la urbe es el símbolo no solo del municipio sino de Alemania. Ha visto desfilar a las glorias nacionales desde el siglo XIX, fue parte del Muro de Berlín y ahora, reconstruida parcialmente tras los daños de la Segunda Guerra Mundial, separa los jardines del Tiegarten del mítico bulevar Unter Den Linden (“bajo los tilos”) que luce especialmente con el buen tiempo y con los cambios de colores en el otoño.

Junto a la puerta, el imponente edificio del Reichstag es otro emblema germano y de la reunificación del país. “El pueblo alemán”, reza la inscripción de la entrada al actual parlamento coronado por la famosa cúpula de cristal de Norman Foster. La cubierta es uno de los grandes atractivos turísticos, una preciosidad arquitectónica y un magnífico punto de observación del entorno. Sin embargo, en el momento de nuestra visita estaba cerrada por motivos de seguridad y nos quedamos con las ganas de subir a ella…P1050739

Hacia el interior del Tiegarten, el gran pulmón verde de la ciudad, se encuentra el memorial a los soldados soviéticos que liberaron Berlín en mayo de 1945. Curiosamente, en lo que fue el lado occidental y no en el oriental dominado por la URSS, tienen muy presente a quienes cortaron finalmente la cabeza de la serpiente nazi poniendo fin a la guerra en el viejo continente.P1050744P1050746

Unos pasos hacia el sur, siempre muy cerca de la Puerta de Brandenburgo, encontramos una de las imágenes más conocidas del Berlín moderno: el Monumento a las Víctimas del Holocausto. P1050767

Es una sucesión de bloques de hormigón que recuerdan a las lápidas de un cementerio entre las que se puede pasear. Su instalación contó con numerosos detractores por su alto coste y por la implicación en su construcción de una empresa  que, paradójicamente, había trabajado para los nazis. Se inauguró en 2004 y ahora es un lugar de reflexión y de recuerdo por los cientos de miles de judíos que murieron en manos del régimen hitleriano.P1050770

La Segunda Guerra Mundial, que arrasó el planeta entre 1939 y 1945, no acabó en Berlín hasta 1990. Y ocurrió así porque los vencedores decidieron repartírsela como si fuera una tarta. Incrustada dentro de la Alemania del Este comunista, la ciudad fue a su vez distribuida en cuatro zonas que controlaban Francia, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética. Era una isla, un polvorín, que estalló en los años de tensiones entre los bloques occidental y oriental. Por eso se levantó el Muro.

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Su construcción en 1961 separó familias, aisló barrios y causó mucho dolor entre la población berlinesa. La caída de la RDA fue acompañada de su demolición en la inmensa mayoría de los tramos, pero alguno se conservó como recuerdo y el mejor ejemplo es la llamada East Side Gallery. 

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En la Mülenstrasse, junto al río, el tramo de muro más largo de los conservados es hoy en día una sucesión de pintadas con alusiones pacifistas y guiños ‘pop’ como el del famoso beso entre Honecker y Breznev.P1050783P1050784P1050786P1050793

Si uno va observando el suelo verá que en muchos puntos de la ciudad hay todavía marcas del trazado del ‘Berliner Mauer’, pero sin duda su lugar más famoso es el ‘Checkpoint Charlie’, el antiguo paso fronterizo de la Friedrichtrasse. Allí confluían los sectores americano y ruso, y era el lugar establecido para el intercambio entre otros de diplomáticos. Una caseta y un montón de sacos de tierra reconstruyen este punto caliente donde se produjeron múltiples y serios incidentes que no eran, ni mucho menos, lo pintorescos que hoy pudiera parecer.P1050890

Junto al Checkpoint, un pequeño museo reconstruye los curiosos ingenios que los alemanes del este desarrollaron para sortear la vigilancia e intentar pasar al otro lado, y refuerza la conciencia del dolor que causó la separación.

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Los berlineses, sin embargo, sabían mucho de sufrimiento desde unas cuantas décadas antes a raíz de los pecados del régimen nazi, cuyo alcance solo se entiende visitando un campo de concentración. El de Saschenhausen, situado en Oranienburg (a 35 kilómetros al norte) fue uno de los primeros y merece dedicarle medio día.

Nosotros fuimos en tren, dentro de un grupo guiado de la empresa Vive Berlin. Esta compañía de habla española organiza otros tours por los que cobra, pero la de Saschenhausen la ofrece gratis, en un ejercicio divulgativo que es de agradecer. Solo hay que costear el billete (la línea parte de la estación de Potsdamer Platz), y quien quiera puede dar una cantidad voluntaria al regresar.

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Hacía un frío inhumano. Nieve, viento, humedad constante. Fueron al menos dos horas casi siempre a la intemperie, pero aquella sensación contribuyó todavía más a comprender el infierno por el que pasaron tantísimos seres humanos en aquellos lugares de enfermedad, esclavitud y muerte.

Saschenhausen comenzó siendo casi un experimento en los albores de la dictadura de Hitler, un campo de trabajo para presos políticos de la oposición. Pero después llegaron los gitanos, los judíos, y acabó como un campo de exterminio en el que llegaron a funcionar los hornos crematorios. Acabó sus días como campo gestionado por los soviéticos cuando ocuparon la RDA y ahora es un museo y centro de interpretación.P1050836P1050844P1050848P1050851

Además de las zonas comunes, cuyas vallas y garitas impresionan por sí mismas, se pueden visitar algunos barracones y comprobar las condiciones casi animales a las que los presos fueron sometidos, explotados hasta la extenuación o como cobayas de experimentos médicos.

 

 

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Si uno tiene un mínimo de sensibilidad y logra ponerse en la piel de aquellos horrores, cuando uno sale del campo de concentración no es el mismo que al entrar. Da igual lo que haya visto en películas o lo que haya leído en los libros. Escuchar, ver y pisar aquellos lugares de primera mano impacta sobremanera. Y ese es un relato que he escuchado muchas veces a quienes conocen otros campos como Auschwitz (en Polonia) o Dachau (junto a Múnich).

Durante la visita nos explicaron que los escolares alemanes tienen en su programación del bachillerato una visita obligada a algún campo de concentración. Me parece un ejercicio imprescindible para que el capítulo más despiadado de la historia de la Humanidad no se vuelva a repetir.

En la propia Berlín, los interesados en profundizar sobre el Holocausto y las consecuencias de la guerra tienen una cita obligada en una muestra cuyo título no necesita traducción: ‘Topographie des terror’ está situada cerca de la puerta de Brandenburgo donde las SS tenían sus cuarteles generales de los que han preferido no conservar absolutamente ningún recuerdo.P1050897

Fue una zona completamente arrasada por los bombardeos de 1945 y durante muchísimo tiempo quedó como un solar vacío. Ahora, además de la expansión residencial y de modernos rascacielos como los de Postdamer Platz, han habilitado este espacio expositivo que es, de nuevo, una magnífica lección del pasado que debemos evitar.P1050898

Berlín, como veréis, impacta por la carga de dureza que ha arrastrado en el último siglo .

Pero tras tres décadas de tranquilidad política, ahora también es una ciudad con mucha vida, cultural y muy muy navideña cuando toca celebrarlo. No quiero dejaros con mal sabor de boca, pero eso quedará para una segunda entrega.

Un comentario en “Berlín. Las heridas de la historia (I)

  1. Pingback: Berlín II. Un museo maravilloso, una casa okupa y mucha Navidad – ViaHeroconH

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