San Petersburgo. El orgullo de Rusia

 

Nuestro profesor de Relaciones Internacionales en la facultad de Periodismo siempre decía “El gran oso ruso” para referirse al gigantesco imperio. Primero sometido bajo el yugo de los zares, luego convertido en la poderosa Unión Soviética y ahora como Federación Rusa, el país más extenso del mundo tiene un tremendo espíritu nacional y el epicentro de ese sentimiento es San Petersburgo. Aunque oficialmente la capital sea Moscú, la antigua Leningrado fue el emblema del lujo y el poder durante 300 años y eso todavía se nota en sus calles y sus canales. Palacios descomunales, museos inacabables, iglesias que compiten por llamar la atención, varias catedrales… La vieja Petrogrado es el núcleo del orgullo del país y una de las grandes maravillas de Europa.

Visité la ciudad en mayo de 2010, como parte de un crucero por el Báltico. Estuvimos en ella un día y medio y aun así nos faltaron muchas cosas por ver. El idioma es una enorme dificultad, no solo porque los carteles están en alfabeto cirílico y no hay quien los lea incluso sabiendo a dónde quieres ir, sino también porque mucha gente no sabe inglés, o no quiere hacerse entender. Así que recomiendo coger excursiones organizadas, porque además te evitan el engorroso trámite del visado si lo haces o con la naviera o con alguna empresa autorizada.

Nuestro barco atracó en un muelle cercano al centro y teníamos una buena panorámica de la desembocadura del río Neva, la principal arteria fluvial. A nuestros pies, quién sabe si como advertencia, un submarino militar. Les faltaba decir: “Bienvenidos, incautos turistas de países pequeñitos”.

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San Petersburgo tiene 5 millones de habitantes y es enorme. Como pasa en otras capitales imperiales como Viena, las avenidas, las plazas y los propios monumentos son gigantes pese a estar cercanos entre sí (exceptuando los palacios de las afueras). Hay que planificarse mínimamente, pero lo imprescindible, lo que está en todas las guías, es la visita al Museo del Hermitage. Y precisamente por ahí empezó la primera de nuestras excursiones.

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Este enorme edifícil barroco en verde y blanco era el viejo Palacio de Invierno de los zares, que a su vez fue objeto de diversas ampliaciones. Ahora forma un complejo inabordable con miles de obras de arte de pintura, escultura o artes decorativas y en el que los propios salones, decorados con todo lujo, ya son un valor en sí mismos.

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Es imposible verlo todo, así que tendréis que conformaros con el recorrido que os ofrezca vuestro guía y, si entráis por vuestra cuenta, planificar muy bien lo que queréis ver. En nuestro caso, la guía se preocupó de dejarnos bien claro el poderío ruso del pasado. Hay salas enteras dedicadas a los distintos jefes del ejército a lo largo de la historia y te dejan bien claro que ellos no solo vencieron a Napoleón sino después también a Hitler y  a todo el que se les puso por delante en Europa.
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El Hermitage está en pleno corazón de la ciudad y las vistas desde sus ventanas también merecen mucho la pena. Impresiona, por ejemplo, la grandiosidad de la plaza que se abre hacia el edificio del Estado Mayor, de una escala gigantesca.

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Puesto que también se asoma hacia el Neva, puede apreciarse también desde el palacio las enormes columnas rostrales que antiguamente servían como faros y que hoy han quedado como vestigios del poderío marítimo ruso.

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Precisamente buena parte de la razón de ser de San Petersburgo está en el mar. El antiguo imperio no tenía salida por agua exceptuando el Mar Negro, y allí la amenaza del Turco era constante. Por eso el zar Pedro el Grande decidió buscar una salida por el Báltico, peleó a los suecos la desembocadura del Neva, estableció un asentamiento, fundó la ciudad en 1703 y estableció allí la capital, en un intento de modernización, europeización y demostración de fuerza al resto del continente.

Para asegurar la plaza construyeron una pequeña ciudadela en la margen derecha del río, y allí es donde ahora encontramos la fortaleza de Pedro y Pablo, con su correspondiente catedral. Por fuera destaca la altísima aguja dorada que corona su torre principal. En el interior están enterradas todas las generaciones de zares desde el fundador de la ciudad.

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Desde los muros que dan hacia la orilla se obtiene, además, una magnífica panorámica del complejo del Hermitage y los diversos edificios que lo conforman.

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Alrededor de la fortaleza había movimiento de soldados, como si aquello fuera un lugar para prestar el servicio militar o algo parecido. Varios de ellos paseaban desenfadadamente por la plaza central y nos miraban con cara de pocos amigos pese a ser un lugar eminentemente turístico.

Generalizar siempre es injusto, pero durante las 48 horas que estuve en San Petersburgo deduje que al menos de primeras los rusos no son gente especialmente amable, por decirlo de forma suave. Quizás el idioma es una barrera insuperable, quizás sea ese orgullo que tanto transmiten, pero ha sido en el país del mundo donde menos acogido me he sentido incluso en los sitios más pensados para los visitantes.

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Pero dejando a un lado ese carácter difícil, su vieja capital imperial tiene tantas cosas para ver que sin duda merece una visita. Decíamos al principio que cuenta con varias catedrales, y otra de ellas es la de San Isaac, la más grande y suntuosa de todas ellas. Es de finales del siglo XIX, una época en la que los contrastes eran terribles en Rusia.

Mientras la élite construía templos de este tamaño y se gastaba un dineral en decorarlos, millones de campesinos pasaban hambre y penurias. No es de extrañar que en 1917 estallara una revolución para acabar con los zares, instaurar el comunismo y de paso transformar el mundo entero.

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Fondeado en el Neva, junto a los palacios y como un atractivo más, el acorazado Aurora aporta el toque legendario a los nostálgicos de la revolución o simplemente a los amantes de la historia. Cuenta la leyenda, cuestionada por algunos estudiosos, que desde este barco se disparó la salva que debía servir de señal a los revolucionarios de octubre de 1917 para que iniciaran el asalto al Palacio de Invierno. A día de hoy sigue frente al Hermitage, como un gran símbolo. (en marzo de 2017 las fotos de satélite de Google Maps ya no recogen la presencia del barco. Probablemente lo hayan trasladado o esté en periodo de restauración para convertirse en museo de la Armada, según leo en distintas páginas web) 

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Al Aurora permiten acercarse los cruceros fluviales que surcan  los canales. Como Ámsterdam o Brujas, presume de ser ‘La Venecia del Norte’ aunque sinceramente su belleza no es comparable con la original ni con las de Bélgica u Holanda. En realidad, por todo San Petersburgo se respiraba (en mayo de 2010) un ambiente de decadencia en fase de recuperación. Quizás todavía duraba la resaca de la URSS. El caso es que junto a los palacios de los zares y las mansiones de estilo italiano convivían edificios en un estado de conservación regular y la presencia de los viejos coches comunistas daba una idea de que la economía real aún estaba tocada.

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¿Alguien sabría decir marca y modelo de este coche soviético?

La grandiosidad, en cualquier caso, no se la puede quitar nadie. No lo consiguieron ni los alemanes cuando sitiaron y bombardearon sin piedad durante dos años y medio a lo que entonces era Leningrado y aun así resistió.

Otro motivo de engrandecimiento que sumar al listado, como el que supuso para sus habitantes la construcción de la iglesia de la Sangre Derramada, compitiendo con las típicas cúpulas en forma de bulbos multicolores de Moscú. Es un estilo ‘neorruso’ que imita al que predominaba en el país en el siglo XVI aunque en realidad este edificio es del siglo XIX.

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El interior de este templo es absolutamente espectacular, con preciosos mosaicos de estilo bizantino que no dejan un centímetro de paredes o columnas libre.

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San Petersburgo cuenta también con el Almirantazgo, al final de la famosísima avenida Nevsky (Nevsky Prospect) que atraviesa el Centro de punta a punta y hoy está transformada en zona de compras y tiendas occidentales.

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Sin duda, otros de sus grandes atractivos son los palacios de verano (en contraposición al invernal Hermitage) como los de Petergoff, Pávlovsk y Tsárckoye Seló (Catalina). Si llegáis a bordo de un crucero os los ofrecerán en diversos paquetes de excursiones y si vais por vuestra cuenta están siempre en el listado de mejores cosas que hacer y visitar en esta gran urbe, pero a nosotros el día y medio no nos dio para más, así que no puedo contaros experiencia en primera persona. Quienes los han visto aseguran que son impresionantes por su decoración lujosa y sobre todo por sus jardines, con estatuas y fuentes estilo Versalles, así que puede ser una gran opción para el verano, cuando además los días son eternos y se llegan a vivir las noches blancas en las que la claridad no termina de marcharse.

A nosotros se nos acababa el tiempo antes de volver a navegar el Báltico pero antes nos dimos una vuelta por la típica tienda de turistas a la que te lleva la excursión organizada. Compramos algunos recuerdos y pagamos con tarjeta de crédito, como también hicimos en el restaurante en el que comimos el primer día junto a San Isaac, puesto que no habíamos cambiado ni un rublo.

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Una ‘turistada’ de vez en cuando no hace daño a nadie 🙂
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Vistas de la ciudad, desde la terraza de nuestro barco

Tocaba zarpar empapados de grandiosidad e historia rusas. El próximo destino sería Tallín, capital de la ex república soviética y ahora estado independiente de Estonia.

2 comentarios en “San Petersburgo. El orgullo de Rusia

  1. Céline

    Por conocer bastante bien a los rusos, diría que la palabra “amable” efectivamente no va con ellos en general, pero conviene matizar. Son extremadamente acogedores si logras acceder a su casa o a su corazón, o compartir algo con ellos por la razón que sea. Sus atenciones y su hospitalidad son espectaculares. En cambio en la calle, en los comercios, en las taquillas diversas en las que se supone que deberían atender al público, muchas veces son desagradables e incluso bordes. Posiblemente sea herencia soviética. Conclusión: ir de simple turista a Rusia es mal plan. La mejor forma de descubrir el país, el cual merece mucho la pena, es con rusos, desde dentro.

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