San Francisco (Dos mil millas por la Costa Oeste VII)

Una economía boyante gracias a la explosión tecnológica del cercano Silicon Valley, una bahía que la rodea por completo, un clima templado al que solo perturban las nieblas, el paradigma de la vida sana y deportista, enormes parques, playas panorámicas, un centro financiero con notables rascacielos, un tamaño accesible y una agitada vida cultural. Todos esos ingredientes confluyen en la capital del norte de California, y por todo ello la ciudad de San Francisco es un atractivo turístico de primera donde el visitante se queda sobre todo con una sensación: qué bonita.

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Allí tienen encanto hasta las empinadas cuestas. Algo que en otros lugares es un gran impedimento en esta ciudad es una oportunidad para contemplar las colinas o el mar. Hay preciosas casas de madera en multitud de barrios y dan ganas de quedarse allí una temporada, porque es uno de esos sitios donde se respira calidad de vida.

El área metropolitana de San Francisco alcanza los 7 millones de habitantes pero la propia ciudad apenas supera los 800.000, con un tamaño similar a Valencia o Sevilla. En su parte céntrica, la que normalmente visitan los turistas, funciona muy bien el transporte público donde conviven los autobuses y los clásicos tranvías, pero si tenéis coche propio (como era nuestro caso) podréis desplazaros también fácilmente a lugares algo más a las afueras.

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La oferta hotelera es enorme pero, ojo, muy cara. Muy muy. A un nivel similar a Nueva York, por ejemplo, así que si podéis reservad con tiempo y evitad la temporada alta. En cualquier caso, por cualquier hotel pagaréis cantidades que en Europa os permitirían un cuatro o cinco estrellas. Nosotros nos alojamos cerca de Marina District.

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Para desplazarnos el primer día hasta el corazón del centro histórico quisimos tomar un tranvía, y fuimos a buscar la parada de origen de la línea cerca del parque Fort Mason. Ya nos enfrentamos a las primeras cuestas, aunque eran de bajada hacia el mar, y nos llamaron la atención unas señales desconocidas para un europeo: marcaban la ruta de evacuación en caso de tsunami. Hay que recordar que buena parte de California, y San Francisco en particular, se encuentra encima de la falla de San Andrés, una de las zonas sísmicas más activas y peligrosas del mundo. Están siempre esperando el próximo terremoto, y a él podían sucederle olas gigantes que obligarían a evacuar las áreas más cercanas al mar. Hay que ser previsores y por eso los habitantes de SF parecen estar bien enseñados.
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Tomamos el ‘cable car’, compramos a bordo un billete de transporte público para toda la jornada y vivimos la primera experiencia de turistas: los meneos del tranvía. El conductor insistía en que nos atreviéramos a sentarnos por fuera, medio colgados para ‘disfrutar’ al máximo, pero preferimos acomodarnos en el interior y soportar allí los frenazos y acelerones que, con semejante inclinación, recuerdan a una atracción de feria. En realidad es algo parecido aunque sirva para mover personas por el interior de una gran urbe.

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El Civic Center, que recuerda al Capitolio

En unos 15 minutos nos dejó muy cerca de Market Street. Esa es la calle comercial más conocida, donde hay mucha vida pero nada especial más que contemplar allí el giro del propio tranvía. Cuando llegan al final de línea los coches tienen que realizar una maniobra, ya sin pasajeros, en la que giran 180 grados para cambiar de sentido y prepararse para abordar la misma línea pero con el orden de las paradas invertido. Algo curioso que concita a un buen puñado de mirones. Todos acaban después en la cercana Union Square.

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Union Square es como la plaza mayor. No está el Ayuntamiento porque ese se ubica en el Civic Center pero la rodean los grandes almacenes Sacks on Fifth Avenue, Macy’s (ambas sucursales de las famosas tiendas de Nuevas York), Tiffany’s, Apple Store, Victoria’s Secret, Bulgari, Chanel y hasta un Zara. Os podéis hacer una idea. La plaza propiamente dicha es agradable y merece la pena descansar un rato en sus múltiples bancos para contemplar el ajetreo.
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Es también la puerta del distrito financiero, donde se levantan apretados unos cuantos edificios muy notables entre los que destaca por su peculiar forma la Pirámide Transamérica. Cuando se construyó en 1972 no cayó muy bien entre los oriundos de la ciudad, pero cuatro décadas después se ha convertido en imagen inconfundible del skyline y en un signo de distinción respecto al de otras capitales.

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Junto al barrio de los rascacielos, literalmente pegada a ellos, se extiende una enorme Chinatown. Unos dicen que la comunidad china más grande del mundo fuera del país oriental está en Nueva York y otros la sitúan en San Francisco. Sea como fuere, en la costa del Pacífico habitan desde hace varias generaciones cientos de miles de orientales que han colonizado de tal forma la zona que hasta el propio alcalde de la ciudad es un descendiente de chinos llamado Edwin Mah Lee.

Hay tiendas y carteles exclusivamente en chino, los autobuses que circulan por el entorno tienen información en letras orientales y por su megafonía la apertura y el cierre de puertas, o el anuncio de las siguientes paradas, no solo se escucha en inglés y en español sino también en chino.img_9982

Tomamos uno de estos buses para regresar hacia el norte en busca de Fisherman’s Wharf, la zona más conocida de la ciudad y el principal foco turístico. Este antiguo muelle de pescadores se ha convertido en una zona de entretenimiento donde conviven tiendas especialmente cuidadas en su decoración, pasarelas de madera, bares y restaurantes a tutiplén, actuaciones callejeras… Transmite un buen rollo que te atrapa y en días soleados como el que tuvimos la oportunidad de disfrutar permiten quedarse tranquilamente un par de horas por allí aprovechando la hora de la comida.

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Tiene además el gran atractivo de los leones marinos al sol. Estos enormes animales han encontrado en este punto de la bahía un lugar de descanso ideal y se apiñan sobre cuadriláteros de madera mientras los turistas no paran de dispararlos con sus cámaras. Fisherman’s Wharf es igualmente un estupendo mirador sobre la parte sur de la ciudad, justo frente a la colina de la torre Coit.
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Uno de los restaurantes de la zona es el Bubba Gump, inspirado en la película de Forrest. Si os gustan las gambas este es vuestro paraíso. La atención al cliente es muy particular, con su propio código de llamada a los camareros (“run, Forrest, run”) y aunque no es barato creo que la experiencia lo merece.

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Robin Williams, clavado a las puertas del Madame Tussauds

Con fuerzas renovadas tras la comida, regresamos al hotel para allí tomar el coche y dirigirnos hacia el atractivo número uno de la bahía, un icono universal que traspasa fronteras y que por su forma y su color todos hemos visto cientos de veces en la televisión y en el cine: el Golden Gate

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Construido en 1937 para comunicar San Francisco con el otro lado del estrecho de San Marin, tiene 28 metros de ancho y y 2,7 kilómetros de longitud. Es un prodigio de la ingeniería, con más mérito si sabe teniendo en cuenta su antigüedad, y circular por sus carriles es una experiencia emocionante. Durante años ha sido uno de los lugares preferidos de los suicidas, pero han colocado sistemas que evitan asomarse y hay carteles llamando a pensárselo mejor antes de dejar esta vida voluntariamente. Mucha gente lo cruza caminando o en bicicleta de alquiler, pero aprovechando que nosotros contábamos con vehículo propio optamos por la experiencia más cómoda y americana.

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Nuestro objetivo era circular unos cuantos kilómetros más allá hasta la localidad de Sausalito, un barrio residencial de casitas y yates situado al otro lado de la bahía. Llegamos, dimos unas cuantas vueltas y resultó materialmente imposible aparcar. Supongo que tuvimos mala suerte, pero la tarde se nos empezaba a echar encima y queríamos fotografiar el puente antes de que anocheciera, así que regresamos sobre nuestros pasos.

 

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Nada más cruzar el puente según vas desde San Francisco existe una carretera que curvea hacia la cima de Battery Spencer. Como su propio nombre indica, se trata de un antiguo emplamiento de los cañones que vigilaban la entrada a la bahía desde el Pacífico. Sus ruinas son visitables aunque en ellas no quedan más que cuatro paredes, pero ofrece una de las mejores y más cercanas vistas sobre el Golden Gate.

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Estás casi encima del puente, se escucha el tráfico y, sobre todo si tienes la suerte de aparcar en las pocas plazas disponibles, puedes disfrutar de un atardecer maravilloso en un lugar icónico. Nosotros entonces no lo sabíamos, pero existe un camino que baja hasta el llamado Kirby Cove Camp, al nivel del agua. La vista desde allí también es excepcional, he visto fotos preciosas sobre un columpio que está abierto al púbico y que permite retratarse para la posteridad.

Nos quedamos en Battery Spencer y en el mirador situado 500 metros más allá durante más de una hora. La niebla, la famosa niebla de San Francisco, amenazaba al otro lado del estrecho pero no llegó a echarse. Disfrutamos tranquilamente de la caída de la tarde y volvimos hacia la ciudad con el deber turístico cumplido. Pero aún nos quedaban un par de sorpresas.

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La primera no fue buscada: existe un peaje en el puente SOLO PARA LOS QUE CIRCULAN EN SENTIDO San Francisco. Ya sé que suena extraño, pero es así. Por eso nos quedamos alucinados cuando pasamos bajo un arco en el que especificaba claramente el pago aunque no existían cabinas para detenerse y solo dedujimos que nos habían hecho una foto con algún sistema automático.

Investigando en internet, horas después, descubrimos que efectivamente nos habían fichado de forma telemática, pero los señores que explotan la autopista lo tienen todo pensado y te facilitan el pago por internet en las 48 horas siguientes a tu paso por el peaje. Hay que entrar en la página correspondiente, poner la matrícula, dejarse 7,50 dólares por el camino y quedar en paz con las autoridades californianas.

La segunda ‘sorpresa’, aunque esta en otro sentido, fue Lombard Street. El tramo de calle más empinado de la ciudad lo es tanto que han resuelto el desnivel dibujándola con curvas. Es como un pequeño puerto que los peatones solventan a base de escaleras y los coches a base de volantazos. Y es todo un espectáculo.

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Los vehículos solo pueden circular en sentido descendente y al final casi siempre hay un policía regulando el tráfico por el jaleo que allí se monta entre los turistas que la recorren en coche y los que se amontonan para fotografiarlos. Nosotros éramos de estos últimos.

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A ambos lados de Lombard, además, las casas están especialmente cuidadas. Saben que es uno de los grandes escaparates de San Francisco y sus vecinos las adornan con flores y las pintan de colores.

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Tras mil fotos y vídeos para intentar captar una buena panorámica (no es nada fácil por la masificación) se empezaba a hacer ya de noche y tocaba descansar después de un largo día. Todavía nos quedaba otra jornada para disfrutar y muchas cosas que ver en esta preciosa ciudad.

2 comentarios en “San Francisco (Dos mil millas por la Costa Oeste VII)

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