Dos mil millas por la Costa Oeste (VI). Paseando entre secuoyas gigantes

Al ser humano le siguen fascinando las mismas cosas que hace 5.000 años. Un atardecer, una noche estrellada, el arcoiris, la luna y el sol, el fuego, las tormentas, lo bello, lo inexplicable y también lo enorme. Por eso impresiona tanto estar junto a los seres vivos más grandes del planeta.

Los árboles gigantes de las sierras de California dan la oportunidad al viajero de contemplar una de las maravillas naturales de este mundo, ejemplares con un tamaño descomunal ante los que es imposible sentirse minúsculo y que no resisten comparación con lo que estamos acostumbrados a ver por España o incluso por Europa. Y además son totalmente accesibles gracias al Sequoia National Park, que se organiza conjuntamente con el Kings Canyon National Park.
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El sistema de Parques Nacionales en Estados Unidos es un auténtico patrimonio estatal que cuidan (y también explotan comercialmente) a la perfección. Cada uno de los parques cuenta con una completísima página web y algunos, como el de las Secuoyas, tienen una versión reducida en español. Conviene leerla con detenimiento antes de ir para empaparse de consejos prácticos, también en cuestiones logísticas como las de la gasolina o las meteorológicas, pues las condiciones en la montaña pueden ser muy cambiantes y no hay surtidores en muchos kilómetros a la redonda.

Nosotros, tras pasar la noche en Three Rivers justo a las puertas del parque tras la quinta etapa de nuestra ruta por la Costa Oeste, empleamos unas 4 horas para conocer lo principal del parque antes de seguir camino hacia San Francisco. Hay quien se está varios días en esta zona pateando rutas de senderismo o por el simple placer de acampar en la naturaleza. Depende de vuestra disponibilidad.

El pase de 7 días (el mínimo) para el parque cuesta 30 dólares por vehículo. Compramos nuestra entrada directamente en la puerta cuando apenas habían dado las 9 de la mañana y fuimos de los primeros en entrar ese día. Era octubre, ya temporada baja, pero en verano hay importantes aglomeraciones en días clave.

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Mapa de la ruta. Entramos desde el Foothills Visitor Center (abajo a la izquierda) para recorrer el parque por esa carretera revirada y salir por el Dorst Creek (arriba a la izquierda)

El recorrido por los lugares más importantes del parque está perfectamente señalizado, llevábamos mapas descargados en PDF en los móviles pero si no sois tan previsores también podréis encontrarlos en papel en la recepción de los hoteles de la zona o en el Foothills Visitor Center que os dará la bienvenida a poco más de 500 metros de altitud. Desde allí una carretera revirada (ojo los propensos a marearse) te eleva hasta los 2.000 metros de altitud donde debíamos encontrarnos con las secuoyas.

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El primer tramo es un tanto soso, repleto de curvas aunque salpicado de miradores y un túnel de roca por el que antes pasaba la carretera que ahora ha sido desviada. Poco a poco se va despejando el horizonte de la Sierra Nevada, aparecen los grandes picos que la coronan y la vegetación se hace frondosa hasta condicionar el trazado y obligarte a circular entre ejemplares cada vez más grandesimg_9852img_9858

Esta progresión en altitud permite acostumbrarse paulatinamente al cambio de temperatura (arriba nieva con frecuencia entre noviembre y abril y muchas veces el parque tiene que cerrar) pero también a la grandiosidad de la vegetación hasta que al llegar al museo del Giant Forest puedes comparar los árboles con los edificios y eres consciente de lo que tienes ante tus ojos.

Estar entre estos árboles es como hacerlo entre los rascacielos de Manhattan, donde fácilmente pierdes la perspectiva. Pero fijaos bien en esta imagen, en la secuoya y la construcción, y juzgad por vosotros mismos:
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En pocos metros hay un montón de ejemplares impresionantes como las llamadas Tres Hermanas o el Sentinel, una de las secuoyas más famosas situada justo a la puerta del museo. Algunas tienen un vallado perimetral y no permiten acercarse a ellas pero otras se pueden tocar y sentir su particular corteza similar al corcho, que suena a hueco y que protege la parte central del tronco, donde se apoyan los miles de kilos de peso de estos seres casi prehistóricos.

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Ese pequeño humano a los pies del Centinela soy yo

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No creáis que voy por ahí abrazando árboles. Era solo para que se apreciara el tamaño

En el museo puedes meterte literalmente dentro de esta corteza (en una recreación), contemplar comparaciones inverosímiles del tamaño de estas maravillas de la naturaleza y aprender cómo gracias a su coraza han sobrevivido a los incendios o a terribles sequías como la que por quinto año consecutivo asolaba California en el otoño de 2015.

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Tan largos como un campo de fútbol americano. Así son estos ejemplares descomunales

Tras un buen rato empapándonos de arbolado en el Bosque de los Gigantes tomamos un desvío de la ruta principal para llegar hasta el Moro Rock, un mirador pétreo al que se llega tras una breve y empinada caminata que obliga a sudar, pero a cambio ofrece una preciosa recompensa en la cima. Espectacular.

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Sendero de ascenso al Moro Rock. Es corto pero pica bastante para arriba

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Desde allí pueden contemplarse los picos de Sierra Nevada, la que precisamente divide los estados de California y Nevada, con el Mount Whitney dominando desde sus casi 4.500 metros de altitud. Incluso entonces, siendo octubre y tras ese lustro de sequía, conservaba nieves perpetuas con las que seguir regando las sedientas comarcas del sur californiano.

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Tras bajar del Moro Rock y recuperar el aliento seguimos hacia otra de la imágenes icónicas del parque, el paso bajo uno de los troncos. Pero antes nos topamos con otra sorpresa. Las tormentas, el fuego o el mero envejecimiento han provocado la caída de algunas de las secuoyas y una de ellas se conserva junto a la carretera para demostrar lo impresionante de sus raíces. Verdaderamente gigantes, como el tronco. De nuevo uno se siente pequeño ante semejante escala.
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La carretera, sinuosa pero ya sin apenas pendiente, prosigue hasta el Tunnel Log, ese punto mítico donde todo conductor quiere inmortalizarse atravesando con su coche una secuoya seca. Producto de la caída de un árbol en 1937, es tan típico y tópico que hasta se forman colas, es como fotografiarse con un famoso.

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Si tenéis tiempo y queréis tomaros un descanso en ese punto se recomienda como parada la zona de Crescent Meadow, un prado bucólico donde uno puede toparse con cervatillos e incluso osos (la carretera está plagado de señales advirtiendo de su presencia), pero nosotros debíamos proseguir el camino para llegar antes de comer al punto absolutamente estrella del parque.

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El Congress Trail, un senderito de unos 15 minutos caminando, te lleva hasta la misma base del General Sherman, el árbol más famoso de Estados Unidos y probablemente del mundo. Es el ser vivo con más volumen de la tierra (aunque no sea el árbol más alto, su anchura lo compensa) y se le calculan 2.200 años de antigüedad.

Todo en él es gigantesco. Su diámetro, su circunferencia, su peso de casi 1.300 toneladas… ¡¡Es tan alto como un edificio de más de 20 plantas!! Imaginaos algo así en vuestra ciudad. Un prodigio de la naturaleza ante el que el ser humano solo puede quitarse el sombrero y quedarse boquiabierto, la inevitable postura de quien tiene que mirar constantemente hacia arriba para contemplarlo.img_9936img_9944

Junto al General Sherman hay otras secuoyas tremendas pero ninguna tiene su fama y es él quien se lleva todos los focos.

Una vez que ya habíamos cumplido con los principales objetivos del día, tocaba deshacer el Congress Trail y buscar un lugar para comer.

 

Unos pocos kilómetros más hacia el interior del parque estaba el Lodgepole Visitor Center, un complejo preparado a la manera americana para que al turista no le falte de nada. Un restaurante con buffet, pasta, pizza y hamburguesa, una tienda de souvenirs, baños e incluso zona de acampada.

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El pequeño supermercado del Lodgepole Visitor Center, pensado para abastecer a campistas y visitantes de paso (foto de visitsequoia.com)

Tras aprender a lidiar con las papeleras de los alrededores, especialmente preparadas con sistemas anti-osos mediante una palanquita que impide a los plantígrados abrirlas, aprovechamos para descansar unos minutos antes de afrontar otras cuatro horas de coche. Estábamos todavía muy lejos de San Francisco, donde teníamos previsto dormir.

Terminamos de atravesar los parques nacionales de Sequoias y Kings Canyon, entre montañas pero ya sin la espectacularidad de los grandes árboles, hasta que empezamos a descender de nuevo vertiginosamente hacia la llanura de California. Rumbo al norte, por todo el valle central, fuimos dejando atrás ciudades con nombres tan familiares como Fresno, Madera, Merced, Modesto o Manteca, que permanentemente recuerdan el pasado español de estas tierras.

Mientras iba cayendo la tarde se iba congestionando el tráfico e iban naciendo carriles a ambos lados de la autopista. Llegamos a la gran aglomeración urbana de la bahía de San Francisco cuando ya anochecía y entramos a la ciudad por el puente de Oakland.

No es tan famoso como el Golden Gate pero las vistas desde él también son espectaculares, y además está dividido en dos tramos separados por la isla de Yerba Buena, que se atraviesa mediante un túnel.

Ante nuestros ojos aparecía el skyline de San Francisco mientras se iba iluminando, en una imagen muy parecida a la que os reproduzco en estas páginas (desde el coche no sale algo tan bonito). Solo quedaba callejear por una ciudad en hora punta guiados por el GPS, llegar al hotel y por fin deshacer maletas para estar tres días consecutivos en la misma habitación. El roadtrip se tomaba un descanso para conocer la ciudad más bonita de la Costa Oeste de Estados Unidos.

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San Francisco desde el Oakland Brigde (foto de Quoatesaboutfriendship.info)

 

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