Dos mil millas por la Costa Oeste (III). Page (Arizona)-Monument Valley (Utah)

Trayecto: 2 horas. 125 millas.

Al principio te hace gracia. “Venimos al desierto y se pone a llover”. Ja. Y qué manera de llover. Debió de caer la del pulpo aquella noche porque de la tierra rojiza que rodea Page, habitualmente más que reseca a estas alturas del año, empezaron a surgir riachuelos por doquier, como arterias de riego de un paraje sediento. Se nos estaba fastidiando la jornada.

La cita estrella en el día de hoy era el Antelope Canyon. Esta formación natural situada a las afueras de Page, donde se generan unos espectaculares pliegues en la roca, era lo que nos había llevado hasta este rincón de Arizona. El día tenía otro punto álgido por la tarde en Monument Valley, pero allí no teníamos demasiada prisa en llegar porque habíamos reservado en el hotel The View y aquello nos garantizaba, en teoría, la mejor panorámica desde la habitación. Así que la mañana era para el Antelope. Era…

Al salir del hotel ya comprobamos que estaba todo encharcado. No llovía en ese momento, pero había jarreado. Sabíamos que cuando había riesgo de inundaciones cerraban el cañón porque este discurre por el lecho de un río y en ocasiones ya ha habido incidentes de gravedad con los turistas, arrastrados por torrentes repentinos. De todas formas no perdíamos la esperanza y total, hasta el mediodía no teníamos nuestra entrada reservada. Habíamos elegido las 12 para aprovechar al máximo la verticalidad de los rayos del sol entre las grietas del terreno y poder hincharnos a hacer fotos tan impresionantes como las que habíamos visto por internet, así que nos fuimos a hacer tiempo a la presa Glen Canyon.

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Presa Glen Canyon
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El enorme muro de hormigón, desde un mirador cercano

No es la Hoover Dam, el famosísimo pantano cerca de Las Vegas, pero también merece una parada en el coche y contemplar las vistas que se desploman hasta el lecho del río Colorado. Por esta zona ya discurre encajonado, aunque sin la grandiosidad que adquiere aguas abajo, en el Gran Cañón, y además las lluvias provocaban pequeñas cascadas desde los laterales que se desplomaban hasta su cauce. Fue un rato de espera muy muy bonito, porque además descubrimos un mirador situado un par de kilómetros al sur de la presa desde donde se ve el propio muro de hormigón y unas formaciones rocosas muy fotogénicas, siempre entre la característica piedra roja de la zona.

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Contemplando el Colorado, que en este punto se encajona hacia el Gran Cañón

Una hora después nos encaminamos hacia el Navajo Tribal Park Parking Lot, la manera rimbombante de denominar el aparcamiento al aire libre desde el que salen las excursiones hacia el Upper Antelope Canyon. Como su propio nombre indica, pertenece a la reserva de los indios navajos y son ellos los que controlan absolutamente todo el negocio, como también ocurre en Monument Valley.

Tienen la suerte de contar en sus tierras ancestrales con estas joyas de la humanidad, pero no son precisamente un dechado de amabilidad y tampoco ofrecen precios económicos que digamos. Más de uno en internet habla abiertamente de “navajazos“. Pero estás allí, es una vez en la vida y… bueno… pasas por el aro.

El aparcamiento se encuentra poco después de salir de Page, en dirección al este, y efectivamente allí estaba el cartelito pero, como nos temíamos, se había suspendido toda actividad para ese día. Las inundaciones tenían el lecho del río impracticable y los navajos no quisieron tomar riesgos. Eso suponemos, porque allí nadie informaba de nada. Ni un miserable aviso, tampoco a través del mail con el que habíamos hecho la reserva. Absolutamente cero.

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Una furgoneta de japoneses aparcó en la entrada en paralelo a nosotros y nos quedamos todos con la misma cara de turistas frustrados a los que se les recibe con la barrera bajada. Imposible. Por si teníamos alguna duda, de repente el móvil empezó a sonar con estruendo. FLOODING ALERT . Alerta de inundación. Menos mal que habíamos leído algo al respecto, porque si no nos habríamos pegado un buen susto, y es que el sistema de emergencias de Estados Unidos manda un mensaje masivo a todos los teléfonos operativos en una zona concreta cuando hay una alarma, y te salta aunque tengas el teléfono en silencio o apagado. Quieren que estés informado, y vaya si te obligan.

La visita al Antelope era una de las joyas del viaje y no poder hacerla fue un enorme disgusto. Retrocedimos los 5 kilómetros hasta Page, preguntamos en varias tiendas de recuerdos donde anunciaban excursiones y resultó en vano. Todos los vehículos estaban parados para ese día (e incluso, por si se nos ocurría cambiar el plan de ruta, tampoco tenían previsto hacerla al siguiente) y nos tuvimos que conformar con comprar unas postales de lo que deberíamos haber visto con nuestros propios ojos. De inmediato pensamos que ya teníamos una excusa para volver a esa zona de EEUU.

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Una postal. Con esto nos tuvimos que conformar 😦

Ahora sí, nos cambiaba el plan de la jornada. De repente disponíamos de una hora y media ‘extra’ y nos encaminamos hacia Utah, en cuya frontera está Monument Valley. Podíamos aprovechar para llegar hasta allí y buscar la milla 13 de la carretera 163, el lugar donde Forrest Gump detiene su carrera ante una recta interminable y con las icónicas formaciones de Mexican Hat de fondo.

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Unos pocos kilómetros antes se empiezan a intuir las míticas formaciones rocosas de Monument Valley

La encontramos sin mayores problemas tras 2 horas de recorrido por parajes deshabitados, con lluvia intermitente y un frío impensable para los primeros días de octubre en el desierto. Aparcamos en la cuneta, nos topamos con una pareja española que llevaban unos cuantos días de ruta por el entorno y allí estuvimos charlando y tirando fotos entre camión y camión, maldiciendo las densas nubes que nos impidieron la vista soñada y nos dejaron con la miel en los labios respecto a ese ‘Forrest Gump Point’. Otra excusa para volver 🙂

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El punto de Forrest Gump, la milla 13 de la carretera 163. Bajo aquellas nubes del fondo está el icónico Mexican Hat

Quién sabe qué habríamos hecho en ese momento, con la tarde cayendo, si no hubiéramos tenido reserva en el The View. Igual nos habíamos ido sin contemplar Monument Valley porque cuando volvimos al coche llovía a mares y cada vez estaba más negro. Pero de todas todas teníamos que entrar al parque natural así que para allá nos fuimos, y que fuera lo que Dios quisiera.

Tras superar una especie de peaje en el que los indios no pierden la oportunidad de cobrar a todo el mundo (incluso si te alojas en su propio hotel), llegamos a uno de los lugares más fotografiados del mundo, el paisaje típico y tópico del legendario oeste americano, con John Wayne a caballo a punto de aparecerse tras cada esquina. Las moles pétreas desafiaban a la niebla y al agus y, de repente, empezó a clarear.

Dejó de llover por el camino y comenzamos a disparar a diestro y siniestro desde las ventanillas. Había muy poca gente, los puestos de supuesta artesanía india estaban ya cerrando y pudimos disfrutar a lo grande del recorrido y de las paradas en los miradores a lo largo de un sendero que puedes hacer por tu cuenta en coche (si no quieres volver a pagar otra entrada para que los navajos te lleven en sus furgonetas) y que, aun a riesgo de poner perdido el vehículo, llega fácilmente hasta el llamado John Ford’s Point, en honor al gran director de cine de los westerns.

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Recorrido embarrado por el Monument Valley
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De forma milagrosa comenzó a despejarse y empezamos a disparar a diestro y siniestro
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Una de las formaciones que pueden contemplarse desde la ruta en coche
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Un viajero feliz, en el espectacular mirador donde concluye el recorrido
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El John Ford’s Point. No había caballo, pero cuando lo hay te cobran por sacarle una foto

Es un lugar grandioso, especial, para quienes crean en estas cosas dicen que lleno de energía, sin duda con una estética inimitable y genuina.

La tarde, por fin, se nos había arreglado. La acabamos en el mirador de The View, esperando a que el sol se metiera definitivamente y a que, en los minutos previos, tiñera la tierra húmeda del desierto, jugara entre los gigantes de roca del Valle de los Monumentos y nos dejara durmiendo allí, en mitad de la nada.

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Primero por la frustración y luego por ese remate maravilloso, el día había sido de nuevo muy intenso. Tuvimos un rato para comprar recuerdos en la tienda del propio hotel, para cenar en el mismo establecimiento (fuera no hay NADA más) probando algo de la gastronomía navaja (que, la verdad, no me dejó un recuerdo extraordinario) y para acostarnos con la esperanza puesta en el amanecer.

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Figuritas navajas, en la tienda de recuerdos
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El hotel The View, asomado al valle. Todas las ventanas tienen unas panorámicas increíbles

Nuestra decisión de alojarnos en aquella habitación (todas las de The View están orientadas directamente hacia las montañas de roca) se debió a lo que habíamos leído sobre el despertar en el desierto, con el sol asomando por detrás de los gigantes. Tenía estudiada la hora del amanecer y, por si acaso, en la recepción te lo recordaban con cartelitos de información astronómica. Cruzamos los dedos por si se despejaba aquella noche, y a dormir, que el despertador iba a sonar a las 5,30.

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Vista del atardecer desde la terraza comunitaria
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Casi de noche, ya desde la habitación
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Los últimos rayos de luz

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