Dos mil millas por la Costa Oeste (II). Las Vegas-Page (Arizona)

Trayecto: 4,5 horas. 281 millas. 
Da igual lo cansado que pueda estar. Cuando cruzo el charco, a la mañana siguiente el ojo salta antes de que den las 6. Otra cama, otros ruidos, otro cuerpo, otra hora de amanecer y los nervios del que empieza el viaje conforman un cóctel explosivo que le dice al cuerpo: “Arriba“. La biología no entiende de relojes.

La adrenalina todavía sigue a tope, hay que hacerle caso al biorritmo y aprovechar bien el día. Se levanta uno pronto, cierra la maleta de la que apenas había sacado el pijama y el neceser, ducha, ropa para un nuevo clima y a las 7 a desayunar. Te crees que vas a ser el primero del comedor y entonces te das cuenta de que hay gente que ya ha terminado. Fuera de España se vive de otro modo…
El arranque de nuestro roadtrip por la Costa Oeste consistía en una pasada rápida por Las Vegas para viajar después hasta Page (Arizona), lugar donde se encuentra el Horseshoe Bend (la Herradura) y campamento base para al día siguiente visitar el Antelope Canyon. Pero antes había que hacer acopio.
Gracias a tener coche propio con un generoso maletero (habíamos elegido un todocamino) habíamos previsto asaltar la primera mañana un supermercado y hacernos con todo tipo de víveres para así comer o cenar en el coche o la habitación e irnos ahorrando tiempo y dinero en los destinos.
Teníamos localizado gracias al bendito Google Maps un Walmart muy cerca de nuestro hotel de Las Vegas y allí que nos fuimos. El kit de supervivencia del viajero por carretera debía acompañarnos durante unos cuantos días y para garantizar su frescura nos hicimos también con una nevera pequeña de plástico con ruedas que nos mantuvo todo estupendamente bajo el sol del desierto (cuando salió…) y de la que nos dio infinita pena despedirnos cuando nos volvimos a España. Hora y media después de arramplar, nos pusimos en ruta.
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“Only in Vegas”
La primera parada estaba a solo 5 minutos en coche. La señal de Las Vegas. Ya habíamos estado en la ciudad del pecado tres años antes, pero teníamos que hacernos la foto típica y tópica como punto de partida de nuestra ruta por el Oeste. No tiene pérdida, y aunque llegar hasta ella es un poco incómodo si no vais en coche, la localizaréis enseguida porque está un poco más al sur del hotel Mandalay y porque siempre tiene gente haciendo cola para inmortalizarse ante el ‘Welcome to Fabulous Las Vegas’.
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Cumplimentado el selfie llegó el momento para otro de los lujos que uno puede darse cuando va en coche de alquiler: recorrer el Strip, la gran avenida central a cuyos lados están los casinos, sin gastar una caloría.
Íbamos escuchando country y teníamos al otro lado de la ventanilla el mejor cartón piedra del mundo que recrea París, Nueva York, las pirámides y Venecia, frikis por doquier, tiendas para satisfacer al comprador más compulsivo… El manual del turista dice que el remate sería haberlo hecho en descapotable, pero todo tiene un límite. Dimos una pasada para allá, otra para acá y a la carretera, que nos esperaban 4,5 horas hasta llegar a Page. 
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Salimos hacia el norte, enfilamos rumbo a Utah, y empezamos a comer kilómetros y kilómetros de rectas infinitas por el desierto. Esa era la sensación que buscábamos, entre otras muchas, al elegir este viaje, y ya la teníamos con nosotros, cuando apenas habíamos salido media hora de la ciudad. Una pasada. Camiones extravagantes, moteros con un esqueleto a la espalda (simulado, supongo), cochazos americanos de los que gastan un potosí pero fardan a gran nivel… Y pronto desfiladeros y montañas entre los carteles que marcan los cambios de Estado. Por un momento entramos a Arizona, y luego a Utah:
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Era ya el mediodía cuando pasamos por St George, una de las principales ciudades mormonas salpicada de iglesias, y gracias a que en las autovías te anuncian con bastante antelación los hoteles, restaurantes o gasolineras que te vas a encontrar en la próxima salida, vimos un cartel de In-N-Out.
Dios bendiga al que inventó esta cadena de hamburgueserías que hacen un producto la mar de sencillo, sin complicaciones de menús ni de ingredientes, pero que producen algo absolutamente adictivo. Había escuchado sobre su leyenda y tenía ganas de experimentarla en mis propios jugos gástricos. Probad esas hamburguesas. Repetiréis, seguro.
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Después de comer empezamos a subir hacia la meseta del Zion National Park, abandonamos la autovía para tomar una carretera secundaria que curveaba y por la que empezó a chispear, y nos dimos cuenta de que entrábamos en otro tipo de desierto. El del centro del país. Ese de tono rojizo inconfundible, con matojos salpicando el paisaje y que se apoya en una meseta de gran altitud donde es frecuente ver nevar y helar cada invierno .
El recorrido se nos dio bien y llegamos según lo prevista a Page tras rodear el Lake Powell, un pantano artificial que ejerce de zona recreativa y decorado espectacular donde se pueden realizar un montón de actividades acuáticas. En lugar de ir directamente al hotel fuimos a La Herradura, aprovechando que todavía quedaba media hora para el anochecer (el sol se ponía a las 18,30 aprox).
The Horseshoe Bend es una auténtica maravilla de la naturaleza, un descomunal meandro del río Colorado antes de encajonarse en el gigantesco Gran Cañón frente al cual, siempre por la gracia de la naturaleza, existe un mirador fácilmente accesible a pie al que se accede desde la carretera 89, a muy pocas milas al sur de la pequeña localidad.
Aquello estaba lleno de turistas que como nosotros buscaban una postal, y vaya si la encontramos. Nuestra primera puesta de sol en el Oeste Americano fue de nivel, con aquella mole pétrea, totalmente pelada, contemplándonos al otro lado del acantilado y haciéndonos sentir afortunados. Todo había salido bien en el primer día de viaje y ese atardecer fue la guinda.
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La herradura en su esplendor

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El camino de acceso es muy sencillo y no tiene pérdida, por la carretera 89 en dirección sur, hay un parking en la margen derecha siempre lleno de turismos y autobuses
Ya de noche nos fuimos al hotel. Tocaba cenar, descansar y situarse para la etapa siguiente.
Las previsiones meteorológicas empezaban a empeorar a marchas forzadas y antes de dormirnos ya escuchamos que una fuerte tromba de agua golpeaba en la calle. Sabíamos que, ante el peligro de inundaciones, el día venidero se nos podía complicar….

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