Nueva York. La ciudad

(En la imagen principal, el atardecer desde la terraza del Top of The Rock)

La primera noche que dormí en Nueva York solo llevaba unas horas en la ciudad, lo único que había cenado era un paquete de M&Ms y me metí en la cama pensando: “Está bien, pero tampoco es para tanto”. Cuánto me equivoqué…

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Desembocadura del East River, con la estatua de la Libertad al fondo y el Downtown en el atardecer de un día de noviembre
Achacaremos al jet lag o a los nervios de un viajero poco experimentado aquella sensación tan errónea. Al otro lado de la ventana, bajo mis pies, (estaba en un piso 30 y tantos desde el que se veían la Catedral de San Patricio y el Rockefeller Center) tenía a la ciudad más vibrante, espectacular, multicultural y cautivadora de todas las que he conocido. Menos mal que desde la mañana siguiente aprendí a apreciarla.
Hay muchas Nueva Yorks y todas están dentro de ella, como las matrioskas que uno va abriendo para descubrirlas poco a poco. Por eso parece imposible que alguien diga que no le gusta, porque hay casi tantas como países, culturas y paisajes urbanos imaginables.
La Gran Manzana es energía pura. Vitalidad. Carreras de taxis amarillos, tráfico, cláxones (ya muchos menos desde que hace unos años empezaron a multar para paliar esa locura) y ejecutivos a la carrera. Es la jungla del asfalto y eso le encantará a los más urbanitas.
Pero es también la quietud de Central Park, donde es muy posible olvidarse de los rascacielos porque no se ven desde muchos de sus rincones. Es un paseo por el Hudson, que es río pero que parece mar, la contemplación desde sus orillas de la Estatua de la Libertad que saludó a tantos millones que perseguían sus sueños. La visita al propio pedestal, o a la corona de Miss Liberty si sois de los afortunados que conseguís entrada, te sumerge en la historia de la emigración de los europeos, asiáticos, africanos o sudamericanos que llegaron allí buscando una vida mejor. Y podéis completarlo con la visita a Ellis Island, el gran museo de la inmigración norteamericana.
La ‘city’ también es una compra tranquila en un mercadillo de frutas, pasteles, ropa o arte callejero. El postureo del Upper East Side de un domingo por la mañana, con señoras de peluquería y pieles que hacen como que van a tomar el brunch. O un paseo por el antiguo ferrocarril elevado, el High Line, que además es gratis (como un montón de cosas en la ciudad) y que ofrece unas espectaculares vistas.
Nueva York son luces de neón y musicales, grandes almacenes casi siempre de saldo que molan todavía más cuando el euro está fuerte respecto al dólar. Pero también un surtido de museos (con el Metropolitan, su sucursal de The Cloisters donde hay un buen número de piezas españolas y el MOMA a la cabeza) absolutamente impresionante que nada tiene que envidiar a las colecciones del Prado, Louvre, British o Pérgamo de la vieja Europa, y que saciará con creces el hambre de los culturetas.

Manhattan tiene a Brooklyn, el Bronx, Queens y Staten Island como barrios complementarios, cada uno con sus leyendas, su idiosincrasia cultural, étnica y lingüística. En todos se habla español, pero también chino, yidish, coreano o placo, son tan distintos y al mismo tiempo todos tan neoyorquinos porque, de nuevo, la diversidad es lo que marca a la capital oficiosa de Occidente. Por eso tiene Little Italy, Chinatown, Korea Town y muchas más “pequeña” o “town” de cientos de partes del mundo.

Hay panorámicas que quitan el sentido desde miradores que no respetan la escala humana, paisajes arquitectónicos únicos en el mundo que merecen el billete de avión y entre los que hay un puñado de rascacielos que, colocados en cualquier punto del globo, serían un atractivo en sí mismos, un tratado de la historia de la arquitectura europea y norteamericana del último siglo y medio. Es el Empire State, el Chrysler Building, la Freedom Tower, el Woolworth… Pero también y al mismo tiempo existen todavía rincones donde los vecinos aún hacen vida de barrio, hasta los más pijos, y el turista se siente un extraño que perturba su sagrada intimidad.
Nueva York merece una semana, o dos, o un mes. Merece regresar cuantas veces apetezca, no importa que te digan “¿Otra vez? No hay más sitios para ver en el mundo? “. Claro que los hay, pero este es especial. No es una urbe normal, desde luego que no. Diría que es infinita y que ni sus residentes se la acaban de conocer por completo.
Nueva York es mi ciudad favorita. Sin ninguna duda. Y tiene tanto que tendré que ir contándola poco a poco en diferentes entradas. De momento, aquí van unas cuantas fotos: (Y tras ellas os pongo algunos consejos prácticos)
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Teleférico de Roosevelt Island
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Las señoritas de Avignon, en el MOMA
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Interior de la Catedral de San Patricio. Valdría la pena por sí misma en cualquier ciudad europea
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Judíos ultraortodoxos en Brooklyn
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Fachada típica en Little Italy, de la que apenas queda una calle
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China Town. Evidente.
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Vista de la catedral de San Patricio, con el Rockefeller Center de fondo
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El rincón de John Lennon en Central Park
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El bosque de rascacielos, a vista de helicóptero
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La inmensidad de Central Park, con el Metropolitan Museum en la esquina izquierda, pegado a la Quinta Avenida. Las manchas amarillas son campos de béisbol
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Desembocadura del Hudson, que preside la estatua de la Libertad
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Vista de la esquina sudoeste de Central Park (Columbus Circle, la única rotonda de la ciudad) desde el Columbus Center
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Puente de Brooklyn. Imperdible
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Vestíbulo del Museo de Historia Natural
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Lago principal de Central Park
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Times Square, el rincón que realmente nunca duerme
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Extremo sur de Central Park, con los rascacielos de la calle 59 y el Columbus Center conformando un decorado de contrastes entre naturaleza, hormigón y cristal
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Vista nocturna desde el mirador del Rockefeller Center
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Puente de Brooklyn, visto desde el Downtown. Tras él, los puentes de Williamsburg y Manhattan
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El edificio Woolworth, uno de los primeros rascacielos de la ciudad, construido en 1913. Ahora se ha puesto de moda por la película ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’
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La frondosidad de Central Park desde la terraza del Metropolitan Museum
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El interior del Guggenheim, una maravilla arquitectónica
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Una pareja de asiáticos casándose en Bethesda Fountain
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El 11, siempre en el recuerdo en el lugar donde antes estaban las Torres Gemelas
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El One World Trace Center o Torre de la Libertad es, desde su culminación hace dos años, el edificio más alto de los Estados Unidos y está en el solar de las antiguas torres

 

CONSEJOS PRÁCTICOS BÁSICOS:

Cuándo ir:

Cualquier época del año tiene su encanto en Nueva York. La más barata va desde la segunda semana de enero hasta marzo, se nota realmente la bajada de precios en vuelos y hoteles, pero también son meses muy fríos en los que os podéis topar con temporales de nieve. La primavera y el otoño visten los parques con sus respectivos colores (especialmente bonito es el otoño en Central Park) y las temperaturas son suaves, y en verano la ciudad tiene un ambiente más relajado pero la humedad y el calor hacen de las suyas. Finales de noviembre y diciembre aportan, además, un espectacular ambiente navideño pero los precios suben.

Cómo ir:

Hay muchas opciones de vuelos desde Madrid y Barcelona que duran aproximadamente 9 horas de ida y 7 de vuelta, bien directos o bien con escalas si buscáis algo más barato y no os importa pasaros unas horitas en Londres, Ámsterdam o París. Para todos ellos, a lo largo del año salen ofertas interesantes. Es cuestión de estar atentos (y de tener flexibilidad de fechas, claro).

Dónde alojarse:

Pese a la ingente oferta hotelera, los precios son altísimos, especialmente en Manhattan y Brooklyn. Es más barato en New Jersey o en Queens, pero lo pagaréis en forma de tiempos de desplazamiento.

Los pisos turísticos son una alternativa cada vez más pujante, más económicos que los hoteles y, en teoría, con unas garantías bastante buenas si los cogéis a través de webs serias o a través de conocidos que ya hayan estado allí.

Cómo moverse

Manhattan, el cogollo de NY, no es tan grande y quienes sean buenos caminantes pueden visitar buena parte de ella a pata, aunque entre el Midtown y el Downtown es conveniente usar el transporte público, y por supuesto para desplazarse hacia Harlem, Bronx o Brooklyn. El metro es lo más rápido aunque está bastante viejo y descuidado. Los autobuses funcionan bien para los trayectos este-oeste, aprovechando que la isla en ‘horizontal’ es más pequeña, pero son mucho más lentos. Vienen bien para ver la ciudad a bordo de un transporte público ‘slow’. Los taxis no son demasiado caros para los trayectos cortos y son rápidos.

….Y NUNCA, NUNCA, NUNCA os metáis con vuestro coche particular hasta el centro. Los aparcamientos son insultantemente caros y aparcar en la calle es en la mayor parte de Manhattan literalmente imposible.

10 comentarios en “Nueva York. La ciudad

  1. Cris

    Buf! Qué pasada! Y dice que las fotos son suyas? Pues tiene auténticas piezas de museo… esta noche volveré a darme una tournee a través del blog por NY, con más tiempo y sosegada. ¡Enhorabuena!

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  2. Rubén

    Aquí un hombre que conoce realmente la ciudad de los rascacielos y ha pateado muchos rincones de la ciudad. Muy útil para próximos viajeros a NY. Todo un acierto. Y las fotos son un gran complemento a los comentarios. Enhorabuena.

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